Despedida
Si Los detectives salvajes es una obra ambiciosa, 2666 es quizás el doble. En más de una entrevista Bolaño dijo que si no pensara que 2666 iba a ser mejor que sus anteriores novelas, no la escribiría, ni tampoco, pensamos nosotros, habría gastado sus últimas energías en este proyecto tan grande, tan noble. En más de una ocasión he llegado a pensar que Los detectives salvajes me fascinaron porque es una novela principalmente para jóvenes y que nos mostraba los sueños de esos jóvenes poetas real-visceralistas y esa búsqueda constante del absoluto. También nos hacía ver lo patético que se es, cuando se deja de ser joven, y aquí no estamos hablando de edad. Por lo mismo pienso que a los que nos les gustó fue en parte por eso, por lo de la juventud, por el entusiasmo que recorre esas páginas. En cambio 2666 es una novela mucho más madura, donde la juventud se deja a un lado y, aunque duela decirlo, se comienza a vivir de verdad. Es una novela extremadamente ambiciosa y eso me gusta y lo agradezco y lo envidio. En esta novela uno se encuentra con todo lo que se le puede pedir a una gran obra: personajes, historias, sentimientos, drama, tragedia, alegría, amor, odio, verdad, mentiras, literatura. Aquí está contenida gran parte de la narrativa del siglo XX y por qué no decirlo, también la del siglo XIX, por lo menos la que yo he leído. También está contenida la literatura actual: Fresán(a quien Bolaño le rinde un pequeño homenaje en el primer capítulo), Rey Rosa, Bellatin, Vallejo, por citar los primero nombres que se me vienen a la cabeza. También está la temática de Vila-Matas(a quien no he leído, pero espero leer): escribir sobre escritores y sobre el arte de escribir.
En la primera parte Bolaño se ríe de lo patético que es el Mundo de los Libros y el asunto de las conferencias y charlas que tienen que dar críticos y profesores, y lo vacío que es casi siempre la vida de ellos. También cuenta la historia del pintor Edwin Johns, quien se cortó una mano y la puso en su obra maestra: terminó en un manicomio, como tantos otros personajes de esta novela. La locura es un tema que se trata con realidad y que nos conmueve cada vez que la saca a la luz Bolaño: éste pintor, el poeta Mondragón, un matemático que buscaba unos números especiales, el mismo Amalfitano.
Ya en la segunda parte nos encontramos con un chileno y con algo de nuestra historia. Otro profesor, otro académico con la vida destruida y sin mucho sentido, más que el futuro de su hija quien finalmente se va de Santa Teresa. Un loco, un chileno, un hombre que observa el libro de Drieste y busca algo que no sabemos qué es, pero que nos da pena. Al mismo tiempo hay algo de melancolía en el relato, esa melancolía que a pesar que siempre la negó, le producía pensar en Chile a Bolaño, en su infancia, en esos años ya perdidos.
En la tercera parte, como dijo Domínguez Michael, Bolaño le rinde tributo a la literatura norteamericana y se nos viene a la mente nombres como el del Raymond Carver, Charles Bukowsky, Richard Ford y John Cheever, por nombrar algunos. Fate es negro y vive en un lugar no muy grato de Norteamérica. No le gusta lo que hace, pero lo debe hacer. Hay boxeo en esta aparte, hay gente fracasada pero también otros que logran salir de las cloacas y revivir. Hay algo de amor, algo de misterio e imposible no volver a nombrar el final de este capítulo, que lo encontré de antología. Después de ese final me cuesta vislumbrar 2666 separado. Y en esta parte fue donde por primera vez sentí miedo con un libro. Antes había experimentado algo casi similar con Otra vuelta de tuerca, pero ése es un miedo más inocente, más simple. En cambio el que me produjo la descripción de Klauss Haas fue de verdad, fue un miedo que casi no tiene otra solución más que recordar, por suerte, que aquello que lo produjo es ficción. Porque me cuesta creer que alguien no sienta algo extraño cuando se habla de ese hombre enorme, que mide más de un metro noventa y que es rubio y que tiene los ojos azules, casi transparentes. Otro elemento a destacar de esta parte, y que me recordó mucho a Los detectives salvajes, es cuando Fate va donde Amalfitano y éste le pide que se lleva a su hija Rosa porque tiene miedo de que le pase algo. En esa huida de la casa me acordé de cuando García Madero arranca junto a Belano y Lima y a Guadalupe (creo que así se llamaba) de los hombres que perseguían a ésta, al desierto de Sonora, el mismo desierto donde nos encontramos en 2666. Ése donde se encuentran a gran parte de las mujeres asesinadas, como también en el basural llamado El Chile. Algo de eso somos, hay que reconocerlo.
En la parte de los crímenes uno siente pena por las muertes injustificadas y también algo de rabia por no poder hacer nada. Es increíble como en esta parte Bolaño saca a relucir todo su talento y nos inserta en este mundo lleno de horror y de crueldad, pero a la vez lleno de ternura con Lalo Cura que tiene ganas de resolverlo todo pero que se ve imposibilitado por distintos motivos, o por más de algún detective o policía. La relación entre Juan de Dios Martínez y Elvira Campos tiene algo de caótica; los sueños de ella son particulares. Por último, con respecto a esta parte, no se puede obviar al Penitente, un tipo que sufría de Sacrofobia y que iba a las iglesias y se orinaba, y en más de una ocasión mató algún cura y nos hizo pensar que él era el asesino de las mujeres. No lo sabemos, no estamos seguros, aunque tampoco podemos descartarlos. Todos son sospechosos, todos son inocentes, todos son malditos. La que no es maldita eso sí, es aquella mujer que se suicidó el día 17 de agosto, porque ya no aguantó más las muertes sin resolver de Santa Teresa. Se suicidó de pena, de rabia, de impotencia, de frustración. Elvira Campos siempre piensa en ella junto a Juan de Dios Martínez y el por qué de su suicidio, un suicidio a mi entender con aires de grandeza. A veces creo que todos deberíamos pensar en ella.
Ya en el último capítulo Bolaño le inventa una vez más la vida a un escritor, y lo hace creíble y por sobre todo querible, o algo por estilo, porque no es un sentimiento de amor el que uno siente por Archimboldi, sino que es algo distinto, algo como admiración por ese niño a quien tanto le gustaba el mar y que sentía que él era un hombre del agua y no de la tierra. Es algo de esa ternura que él siente por su hermana Lotte. Ahora, sin duda alguna la relación entre él y esa mujer especial llamada Ingeboer, quien solo creía en los aztecas y las tormentas y que apareció de la nada en la vida de Archimboldi, y siempre lo apoyó y lo amó, es sencillamente extraordinaria. A veces me hizo recordar la mejor novela de amor que he leído: La espuma de los días, de Boris Vian. El apoyo que le otorga ella es incondicional, igual que el que otorga el editor de Archimboldi, Bubis, quien cree ciegamente en Archimboldi y se sorprende cada vez que él le manda una novela nueva, cosa que ocurrió siempre, a excepción de un libro donde Archimboldi sacaba a relucir su amor por el mar y las algas. Un editor que yo sueño con encontrarme alguna vez y que cree en uno a pesar de todo, a pesar de las malas críticas. Bubis, creo yo, es un pequeño homenaje que le rinde Bolaño a su amigo Jorge Herralde, por un lado, y por otro me recuerda a mi relación con el mismo Bolaño. Yo no sé explicar muy bien por qué siento que es tan bueno y por qué siempre me sorprende y nunca me falla, pero lo siento y eso es lo único verdadero.
2666 es una obra total, devastadora, soñadora, compleja, entretenida, admirable, notable. A pesar de eso, como dije antes, no supera a Los detectives salvajes, pero estuvo cerca, cerquísima y eso se vuelve a agradecer, porque no todos los días uno tiene la oportunidad de leer libros que te trastocan tu realidad y te hacen sentir parte de una ficción sin límites. Si Bolaño hubiese sido norteamericano, 2666 habría sido la buscada, gran novela norteamericana, pero para mala suerte de ellos Bolaño es chileno, es sudamericano y escribió uno de esos libros que son para la posteridad, para que los más jóvenes lo lean, lo disfruten, sufran y se maravillen con él, y de paso si alguien tiene ganas, lo estudie, lo cite en los libros de crítica literaria y analice estructuralmente la obra. 2666 alcanza para todo y para todos. Disfrútenlo y léanlo, no dejen para mañana lo que pueden hacer hoy, porque estamos en el momento exacto para adentrarnos en una obra de verdad, donde es imposible salir ilesos, pensando lo mismo que antes y sintiendo que nuestra vida sigue el mismo camino que antes de leerlo. En mi artículo de las novelas que cambian la vida, falta muchas obras que aún no he leído, pero que con el tiempo iré citando. Hoy cito una: 2666. En la novela hay mejores partes que otras, eso nadie lo niega, pero aquí es donde se ven los grandes, en estas obras torrentosas, donde como dije algún día, el camino siempre lleva al fracaso, a la pérdida, pero que nos ayuda no a ser mejores personas, sino a creer en algo. En algo que se llama literatura.
Mucho dicen que Bolaño es monótono y que siempre habla de los mismo, sólo que lo hace con distintas palabras, con distintas formas. Yo he leído bastante a Bolaño y algo de cierto hay en eso, sin embargo en 2666 es tal el tratamiento que uno llega a pensar que Bolaño se reinventó para escribir esta novela y dejarnos algo nuevo, algo fresco, algo necesario. Es verdad, el tema de la búsqueda de un absoluto, que en Los detectives salvajes fue Cesárea Tinajero, ahora se repite de alguna forma con la búsqueda de Archimboldi, pero si hay algo que es nuevo totalmente es el trabajo con el mal(a pesar de que también lo trabajó en Estrella distante). Es llevado a la perfección, así de simple, sin caer en efectismo ni nada que más que miedo nos dé risa. Inevitablemente uno se acuerda de La virgen de los sicarios y de esa naturalidad con que Vallejo va relatando las muertes como si fuera lo más normal del mundo, o en ese relato que no recuerdo su título, de Rey Rosa, del libro, Ningún lugar sagrado, donde se narran una serie de imágenes y hay una donde a un tipo le sacan la uña del dedo, y Rey Rosa lo cuenta como si nada, y da envidia a uno que es narrador, pero también da miedo esa frialdad, que al fin y al cabo no hace más que ayudar al texto a ser genial.
Por último, el único problema de 2666 que queda en el tintero, es la duda que quedó por la culpa de la muerte de Bolaño, de no saber si así iba a ser publicado la novela por él. ¿Habría pasado por otra revisión? ¿Habría sido ése el verdadero final de la obra? Preguntas que no podemos contestar porque el mejor escritor hispanoamericano de los últimos tiempos se llevó las respuestas a la tumba. Pero no importa porque nos quedamos con sus obras, por las que trascenderá, no lo dudo, así como los griegos, a quien tanto admiró Bolaño y de quien relata una que otra historia en esta y en otras obras.
Siempre me he reído de esa especie de frase prefabricada que utilizan algunos críticos, que dice que tal novela se parece a la vida, porque contiene todo lo que ésta nos es capaz de dar. Me daba risa porque la vida es una comparación muy exagerada y a la vez compleja, porque hay tristeza, alegría, desolación, desamparo, compañerismo, felicidad, envidia, amor, terror, odio. ¿Algo es capaz de contener tanto? Hasta hace un tiempo me costaba encontrar un título. Hoy lo encontré, se llama 2666. Sí, porque esta inmensa novela es como la vida: inexplicable, confusa, pero hermosa.
0 comments:
Post a Comment