Hasta el año pasado menospreciaba el cine. No lo consideraba un arte como tal. Mi concepción de arte era extremadamente tradicionalista-anticuada, por lo que me costaba creer que una película me pudiera causar lo que me causa una obra de arte. Además que mi visión del cine estaba cegada por Hollywood y pensaba que todas las películas eran comerciales. Era casi como si todo el cine fuera comercial y que las historias que se contaban no eran mejores que las que podía descubrir en los libros. Sin embargo esa visión cambió radicalmente, gracias a un par de películas. Y los tres nombres que cito en el título tienen una incidencia directa en eso.
La primera película que me hizo cambiar en algo mi concepción del cine fue “Perdidos en Tokio”. La fui a ver al cine con Curi. Llegamos al cine del Parque Arauco sin saber qué ver. Vimos la cartelera y hubo dos películas que nos llamaron la atención: “Río místico” y “Perdidos en Tokio”. Escogimos esta última porque yo le conté que había leído hace poco un artículo, en la Revista de Libros, de Roberto Fuentes que elogiaba la película. Fue nuestra única referencia. Entramos y vimos la película. Era tarde, así que inevitablemente en más de una ocasión cerré los ojos. Siempre ando con sueño, es uno de mis grandes problemas. Sin embargo seguí la película y me sorprendió. Sobre todo por el hecho del amor incompleto, del que hablaba Fuentes en su artículo. En ese tiempo pensaba que por qué todas las historias de amor siempre terminan con un final feliz, donde el amor siempre gana, siendo que por mi experiencia personal eso nunca ocurre. Pensaba eso y de pronto vi la película y me encontré con la visión contraria a esto, y eso me deslumbró. Yo no podía creer, mientras veía la película, que Bill Murray y Scarlett Johansen (Charlotte en la película) no se besaran. No lo podía creer, no lo podía aceptar: dentro de todo yo también tenía la concepción del amor completo, del amor con un final feliz. Cuando se besan me reí y pensé que la historia iba a terminar ahí; ellos juntos, felices y aceptando que el amor siempre vence. Sin embargo Bill Murray vuelve al auto y se va de Tokio: Una escena memorable, como tantas que tiene la película y que con el tiempo (creo Que la he visto más de cuatro veces) se han ido multiplicando. La película me marcó. Y de paso me enamoré de Charlotte.
La segunda película fue “Antes del atardecer”. Otra vez la vi con Curi. Fuimos a arrendar una película y nos encontramos con que estaban las dos películas: “Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”. Él había visto la primera y le había gustado (no digamos que mucho, pero le había agradado. Lo mismo que “Perdidos en Tokio”). Así que arrendamos las dos películas y las vimos en un mismo día. Yo rallé bastante con esa película. Encontraba genial el argumento, otra vez una especie de amor incompleto. La primera vez que supe de su existencia, fue por un artículo de Fuguet que hizo para Wiken. Era un pequeñísimo artículo, donde contaba que le había encantado la primera película y que él hizo las gestiones, si mal no recuerdo, para que se estrenara acá en Chile. Se estrenó en el Cine Arte Alameda, y fue una especie de éxito. La fueron a ver algo así como tres mil personas, lo que en ese tiempo significaba casi un record de público. Esa eran mis referencias, además de algo que racionalmente nunca he podido explicar: la película me tincaba. No sé si porque ocurría en París y me recordaba “Rayuela”, o quizás porque el tipo era escritor, no sé. El asunto es que la vi y ahora el impacto fue mayor que con “Perdidos en Tokio”. Vi las dos de corrido. La primera me gustó, pero no me dejó perplejo ni mucho menos. Sin embargo la segunda, “Antes del atardecer”, me colapsó, me afectó. Recuerdo que con Curi quedamos pegados viendo cómo la cámara enfocaba a Jesse, quién sonreía, mientras aún resonaba ese “I know” que le había dicho a Celine (interpretada por Julie Delpy) y de fondo se escuchaba un tema de Nina Simone. Tuve ganas de llorar, (ahí recién entendí por qué no vi la película con La Maga: ahí sí que no hubiese sabido qué hacer), de decirle al mundo que Linklatter había contado la historia que yo quería contar. Las actuaciones son fenomenales. Tiempo después me enteré que el guión los escribieron entre Ethan Hawk, Julie Delpy y Richard Linklatter. Eso me explicó en parte la naturalidad con que transcurre la historia, la precisión de los diálogos, de los monólogos. No podía asumir que existiera una película tan genial, tan perfecta, tan inolvidable. También me enamoré de Celine. Si bien no es tan bonita físicamente como Charlotte, su forma de ser, su ropa, sus palabras me cautivaron. Ese día comprendí que el cine podía ser incluso más genial que la literatura. Porque es imposible describir por ejemplo el momento cuando Celine le canta, en su departamento, a Jesse y dice “Me Little Jesse”, con la guitarra apoyada en su falda y haciéndonos sentir que a pesar que no podían estar juntos, porque ya era tarde, ella seguía sintiendo que nunca más iba a amar a alguien como lo amó a él. Cómo describir los últimos cuarenta minutos de la película, si los gestos (cuando van en el auto y los dos nos cuentan que el amor romántico se acabó esa larga noche en Viena), las miradas, el mismo París, son imposibles de explicarse mediante las palabras. Sí, los últimos cuarenta minutos de la película (aprox.), desde que se suben a esa especie de barco que viaja a través del Sena hasta que suben al departamento de Celine, son perfectos. La película la he visto más de cinco veces, pero esa parte la he visto más de diez y sigo maravillándome, como si cada ocasión, fuera la primera vez que la viera. Como si no supiera que en esas escenas, en esos pequeños monólogos se explica lo que siempre he pensado del amor, lo que siempre he creído que ocurre en la vida real, lo que siempre he querido escribir, lo que siempre he querido explicar. Una obra maestra, una obra que me cambió la vida.
Después de aquella película tuve una pequeña obsesión con el cine y me puse a ver películas como loco. No obstante ninguna me deslumbró tanto como “Perdidos en Tokio” y “Antes del atardecer”, aunque hay una que en parte sí lo hizo: “Mulholland Drive”, de David Lynch. Con esa película descubrí las grandes ventajas técnicas que tiene el cine por sobre la literatura. El uso de las cámaras, la música, la iluminación, en fin. Además que con esa película sentí algo que nunca más he vuelto a sentir (imposible no nombrarlo, disculpen, pero con “Los detectives salvajes” sentí algo parecido): el vacío. Pero una especie de vacío intelectual, si le quieren poner un nombre. Fue en el momento cuando ocurre toda la destrucción de la película, cuando Naomi Watts va a esa fiesta y uno no entiende nada. A mí por lo menos me ocurrió eso. Me embargó la sensación de no entender nada, absolutamente nada. Fue casi como si no hubiera visto ninguna película y que de pronto me ponen esa escena y recién va a comenzar todo. Como si todo lo visto antes de esa escena no hubiese existido, casi como si hubiese sido un sueño, algo imaginado por nosotros, que en parte es eso, en parte no. La otra película que me dejó un momento inolvidable fue “Pulp Fiction”, de Tarantino. La película es excelente, pero no me marcó tanto como las otras. A pesar que es imposible obviar ese momento tan genial que es cuando Uma Thurman le habla a John Travolta del silencio, antes de que se pongan a bailar. Esa escena es notable, pero de verdad notable. Otra vez ocurre que le gana el cine a la literatura. ¿Es posible escribir esa escena?. Curi me dijo que él había leído algunas partes del guión de “Pulp Fiction”, y que obviamente esa escena no tiene la genialidad que adquiere en la película. Ahora bien, después de ver todas estas películas y unas más, que creo que en general tenían muy buenas críticas (“Hable con ella” también me gustó muchísimo. Me cautivó la historia, me cautivó cómo Almodóvar cuenta la historia), no existió ninguna otra película que me haya marcado, hasta hace un par de semanas, cuando vi “Closer”.
Ya conté, en uno de mis post anteriores, qué fue lo que detonó para que arrendara y viera la película, no lo voy a repetir. Mis referencias de esta película eran casi nulas. Sabía que hablaba de amor, que trabajaba Natalie Portman(quien interpreta a Alice), porque en el local donde con Curi arrendamos películas había un afiche de la película, y que además aparecía bellísima, y finalmente que a Claudia le había gustado bastante (yo le había dicho que quería ver la película y ella me había comentado que era buenísima). Eso y otra vez el asunto de que me tincaba la película. En esta ocasión, creo, principalmente porque aparecía Natalie Portman, sí, ese es el verdadero motivo. Además que siempre me han gustado las películas que hablan del amor pero con inteligencia, y esta película tenía la pinta de ser una de esas. La vi y una vez más volví a acertar, y me desconcertó, y me afectó. Sí, esa es la palabra exacta para definir lo que sentí cuando Natalie Portman, con el pelo largo, camina entre la gente y de fondo suena el tema principal de la película: The Blower’s daughter. El mismo tema con el que comienza. Otra obra maestra, otra obra que me obliga a ver el mundo desde otro punto de vista. El tema del amor acá es abordado con una madurez envidiable. Sobre todo el hecho de mostrar que el buscar la verdad no siempre es algo provechoso, algo favorable. A veces es mejor vivir sin saber la verdad, pero conciente de que las mentiras existen, y que en gran parte rigen nuestra vida. La actuación de Natalie Portman es notable. Inevitablemente me enamoré de Alice.
Son mis tres películas favoritas, son tres historias que hablan de un mismo tema pero desde diversos ángulos. Las tres protagonistas mujeres son fascinantes, hermosas, alucinantes. Las tres actúan magistralmente, aunque tampoco hay que desmerecer a los hombres, pero son ellas las que se roban la película. Es increíble cómo ellas sostienen, en gran parte, cada uno de los argumentos de las películas citadas y cómo enamoran al espectador y hacen que uno vea la película simplemente por ellas, por sus gestos, por sus parlamentos. Al final son mis tres películas favoritas por ellas, más que por el tema. A veces quisiera encontrar una mujer como Charlotte, como Celine o como Alice. Sé que es casi imposible, pero hay que seguir buscando. O mejor: hay que seguir esperando, porque dudo que una mujer así no llegue de la forma más mágica (qué palabra más compleja) que uno pueda imaginar. Otro día hablaré de las mujeres cautivantes de los libros. Si me preguntan ahora qué nombres se me vienen a la cabeza, cito dos: La Maga, de “Rayuela” y Alejandra, de “Sobre héroes y tumbas”, del amigo Sábato. Ellas dos también sostienen las novelas donde viven y las hacen especiales, sobre todo en el caso de la primera, porque si hay algo que nadie puede rebatir es que lo mejor de “Rayuela” es La Maga, y tampoco nadie puede decir que no es mágica ni especial, ni que sintió algo por ella. Le escuché decir una vez a Arturo Fontaine que cuando terminó de leer “Rayuela”, fue a los puentes que cruzan el Mapocho a buscar a La Maga: no la encontró. Yo sí, y me enamoré de ella, pero hasta ahí llegó la historia. Porque ella era La Maga, pero yo no era Oliveira.
La primera película que me hizo cambiar en algo mi concepción del cine fue “Perdidos en Tokio”. La fui a ver al cine con Curi. Llegamos al cine del Parque Arauco sin saber qué ver. Vimos la cartelera y hubo dos películas que nos llamaron la atención: “Río místico” y “Perdidos en Tokio”. Escogimos esta última porque yo le conté que había leído hace poco un artículo, en la Revista de Libros, de Roberto Fuentes que elogiaba la película. Fue nuestra única referencia. Entramos y vimos la película. Era tarde, así que inevitablemente en más de una ocasión cerré los ojos. Siempre ando con sueño, es uno de mis grandes problemas. Sin embargo seguí la película y me sorprendió. Sobre todo por el hecho del amor incompleto, del que hablaba Fuentes en su artículo. En ese tiempo pensaba que por qué todas las historias de amor siempre terminan con un final feliz, donde el amor siempre gana, siendo que por mi experiencia personal eso nunca ocurre. Pensaba eso y de pronto vi la película y me encontré con la visión contraria a esto, y eso me deslumbró. Yo no podía creer, mientras veía la película, que Bill Murray y Scarlett Johansen (Charlotte en la película) no se besaran. No lo podía creer, no lo podía aceptar: dentro de todo yo también tenía la concepción del amor completo, del amor con un final feliz. Cuando se besan me reí y pensé que la historia iba a terminar ahí; ellos juntos, felices y aceptando que el amor siempre vence. Sin embargo Bill Murray vuelve al auto y se va de Tokio: Una escena memorable, como tantas que tiene la película y que con el tiempo (creo Que la he visto más de cuatro veces) se han ido multiplicando. La película me marcó. Y de paso me enamoré de Charlotte.
La segunda película fue “Antes del atardecer”. Otra vez la vi con Curi. Fuimos a arrendar una película y nos encontramos con que estaban las dos películas: “Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”. Él había visto la primera y le había gustado (no digamos que mucho, pero le había agradado. Lo mismo que “Perdidos en Tokio”). Así que arrendamos las dos películas y las vimos en un mismo día. Yo rallé bastante con esa película. Encontraba genial el argumento, otra vez una especie de amor incompleto. La primera vez que supe de su existencia, fue por un artículo de Fuguet que hizo para Wiken. Era un pequeñísimo artículo, donde contaba que le había encantado la primera película y que él hizo las gestiones, si mal no recuerdo, para que se estrenara acá en Chile. Se estrenó en el Cine Arte Alameda, y fue una especie de éxito. La fueron a ver algo así como tres mil personas, lo que en ese tiempo significaba casi un record de público. Esa eran mis referencias, además de algo que racionalmente nunca he podido explicar: la película me tincaba. No sé si porque ocurría en París y me recordaba “Rayuela”, o quizás porque el tipo era escritor, no sé. El asunto es que la vi y ahora el impacto fue mayor que con “Perdidos en Tokio”. Vi las dos de corrido. La primera me gustó, pero no me dejó perplejo ni mucho menos. Sin embargo la segunda, “Antes del atardecer”, me colapsó, me afectó. Recuerdo que con Curi quedamos pegados viendo cómo la cámara enfocaba a Jesse, quién sonreía, mientras aún resonaba ese “I know” que le había dicho a Celine (interpretada por Julie Delpy) y de fondo se escuchaba un tema de Nina Simone. Tuve ganas de llorar, (ahí recién entendí por qué no vi la película con La Maga: ahí sí que no hubiese sabido qué hacer), de decirle al mundo que Linklatter había contado la historia que yo quería contar. Las actuaciones son fenomenales. Tiempo después me enteré que el guión los escribieron entre Ethan Hawk, Julie Delpy y Richard Linklatter. Eso me explicó en parte la naturalidad con que transcurre la historia, la precisión de los diálogos, de los monólogos. No podía asumir que existiera una película tan genial, tan perfecta, tan inolvidable. También me enamoré de Celine. Si bien no es tan bonita físicamente como Charlotte, su forma de ser, su ropa, sus palabras me cautivaron. Ese día comprendí que el cine podía ser incluso más genial que la literatura. Porque es imposible describir por ejemplo el momento cuando Celine le canta, en su departamento, a Jesse y dice “Me Little Jesse”, con la guitarra apoyada en su falda y haciéndonos sentir que a pesar que no podían estar juntos, porque ya era tarde, ella seguía sintiendo que nunca más iba a amar a alguien como lo amó a él. Cómo describir los últimos cuarenta minutos de la película, si los gestos (cuando van en el auto y los dos nos cuentan que el amor romántico se acabó esa larga noche en Viena), las miradas, el mismo París, son imposibles de explicarse mediante las palabras. Sí, los últimos cuarenta minutos de la película (aprox.), desde que se suben a esa especie de barco que viaja a través del Sena hasta que suben al departamento de Celine, son perfectos. La película la he visto más de cinco veces, pero esa parte la he visto más de diez y sigo maravillándome, como si cada ocasión, fuera la primera vez que la viera. Como si no supiera que en esas escenas, en esos pequeños monólogos se explica lo que siempre he pensado del amor, lo que siempre he creído que ocurre en la vida real, lo que siempre he querido escribir, lo que siempre he querido explicar. Una obra maestra, una obra que me cambió la vida.
Después de aquella película tuve una pequeña obsesión con el cine y me puse a ver películas como loco. No obstante ninguna me deslumbró tanto como “Perdidos en Tokio” y “Antes del atardecer”, aunque hay una que en parte sí lo hizo: “Mulholland Drive”, de David Lynch. Con esa película descubrí las grandes ventajas técnicas que tiene el cine por sobre la literatura. El uso de las cámaras, la música, la iluminación, en fin. Además que con esa película sentí algo que nunca más he vuelto a sentir (imposible no nombrarlo, disculpen, pero con “Los detectives salvajes” sentí algo parecido): el vacío. Pero una especie de vacío intelectual, si le quieren poner un nombre. Fue en el momento cuando ocurre toda la destrucción de la película, cuando Naomi Watts va a esa fiesta y uno no entiende nada. A mí por lo menos me ocurrió eso. Me embargó la sensación de no entender nada, absolutamente nada. Fue casi como si no hubiera visto ninguna película y que de pronto me ponen esa escena y recién va a comenzar todo. Como si todo lo visto antes de esa escena no hubiese existido, casi como si hubiese sido un sueño, algo imaginado por nosotros, que en parte es eso, en parte no. La otra película que me dejó un momento inolvidable fue “Pulp Fiction”, de Tarantino. La película es excelente, pero no me marcó tanto como las otras. A pesar que es imposible obviar ese momento tan genial que es cuando Uma Thurman le habla a John Travolta del silencio, antes de que se pongan a bailar. Esa escena es notable, pero de verdad notable. Otra vez ocurre que le gana el cine a la literatura. ¿Es posible escribir esa escena?. Curi me dijo que él había leído algunas partes del guión de “Pulp Fiction”, y que obviamente esa escena no tiene la genialidad que adquiere en la película. Ahora bien, después de ver todas estas películas y unas más, que creo que en general tenían muy buenas críticas (“Hable con ella” también me gustó muchísimo. Me cautivó la historia, me cautivó cómo Almodóvar cuenta la historia), no existió ninguna otra película que me haya marcado, hasta hace un par de semanas, cuando vi “Closer”.
Ya conté, en uno de mis post anteriores, qué fue lo que detonó para que arrendara y viera la película, no lo voy a repetir. Mis referencias de esta película eran casi nulas. Sabía que hablaba de amor, que trabajaba Natalie Portman(quien interpreta a Alice), porque en el local donde con Curi arrendamos películas había un afiche de la película, y que además aparecía bellísima, y finalmente que a Claudia le había gustado bastante (yo le había dicho que quería ver la película y ella me había comentado que era buenísima). Eso y otra vez el asunto de que me tincaba la película. En esta ocasión, creo, principalmente porque aparecía Natalie Portman, sí, ese es el verdadero motivo. Además que siempre me han gustado las películas que hablan del amor pero con inteligencia, y esta película tenía la pinta de ser una de esas. La vi y una vez más volví a acertar, y me desconcertó, y me afectó. Sí, esa es la palabra exacta para definir lo que sentí cuando Natalie Portman, con el pelo largo, camina entre la gente y de fondo suena el tema principal de la película: The Blower’s daughter. El mismo tema con el que comienza. Otra obra maestra, otra obra que me obliga a ver el mundo desde otro punto de vista. El tema del amor acá es abordado con una madurez envidiable. Sobre todo el hecho de mostrar que el buscar la verdad no siempre es algo provechoso, algo favorable. A veces es mejor vivir sin saber la verdad, pero conciente de que las mentiras existen, y que en gran parte rigen nuestra vida. La actuación de Natalie Portman es notable. Inevitablemente me enamoré de Alice.
Son mis tres películas favoritas, son tres historias que hablan de un mismo tema pero desde diversos ángulos. Las tres protagonistas mujeres son fascinantes, hermosas, alucinantes. Las tres actúan magistralmente, aunque tampoco hay que desmerecer a los hombres, pero son ellas las que se roban la película. Es increíble cómo ellas sostienen, en gran parte, cada uno de los argumentos de las películas citadas y cómo enamoran al espectador y hacen que uno vea la película simplemente por ellas, por sus gestos, por sus parlamentos. Al final son mis tres películas favoritas por ellas, más que por el tema. A veces quisiera encontrar una mujer como Charlotte, como Celine o como Alice. Sé que es casi imposible, pero hay que seguir buscando. O mejor: hay que seguir esperando, porque dudo que una mujer así no llegue de la forma más mágica (qué palabra más compleja) que uno pueda imaginar. Otro día hablaré de las mujeres cautivantes de los libros. Si me preguntan ahora qué nombres se me vienen a la cabeza, cito dos: La Maga, de “Rayuela” y Alejandra, de “Sobre héroes y tumbas”, del amigo Sábato. Ellas dos también sostienen las novelas donde viven y las hacen especiales, sobre todo en el caso de la primera, porque si hay algo que nadie puede rebatir es que lo mejor de “Rayuela” es La Maga, y tampoco nadie puede decir que no es mágica ni especial, ni que sintió algo por ella. Le escuché decir una vez a Arturo Fontaine que cuando terminó de leer “Rayuela”, fue a los puentes que cruzan el Mapocho a buscar a La Maga: no la encontró. Yo sí, y me enamoré de ella, pero hasta ahí llegó la historia. Porque ella era La Maga, pero yo no era Oliveira.
8 comments:
Buenas películas Diego..comparto tus gustos cinéfilos..aunque para mí(como buen melómano)Cameron Crowe tiene varias películas que me han marcado bastante y que, creo, ningún libro puede lograr.
Así es no más; el cine puede producir sensaciones que la literatura no. Pregúntale a Fuguet, quien algo sabe del tema.
Hay un cuento de Bolaño en que menciona la película "Ghost" haber si sabes.
Jajajaja, buen post Antonio... no recuerdo en estos momentos ese cuento de Bolaño... aunque a èl tambièn le agradaba bastante el cine... en un cuento narra una pelìcula de Tarkovski, y la narración es notable...
Buen post.
Ejem. Deberías agradecerme, tu mentor en el cine.
A propósito, entre otras cosas, vi Eterno Resplandor bla bla bla, que, creo, te gustará harto.
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos!!!!...notable película!!!, excelente. El director es de lujo, inlcuso cdo dirige videos de música (destaco especialmente los de daft punk y chemical bros.). Weno mi guacho, hazle caso a tu amigo Curi y ve esa película, plantea algo q, a mi parecer, es muy cierto....dp la comentamos. Bises pour toi, Clau.
diegoo amigo te quiero mucho en verdad no he leido mucho aca. nunca tengo mis lentes y aparte ando re floja :d pero que bueno que viste la pelicula es taan linda! (L)_(L)! te quiero mucho poh :D cuando quieras te canto :| xD! un beeeso adios :D
hola diego tu blog esta bkn pero un poco mucho para mi tu sabes que yo y la literatura no somos una pero en fin buscame tu en msn nacha_fourt@hotmail.com y muchas gracias por tu post me sorprendiste jajaja un besito muy grande pasalo bkn en tus vacaciones.....
!:!:!Picho!:!:!
Quise poner anonimo jajaja! xD pero tu sabras quien soy =O! jajaja la verdad esque yo no entiendo mucho de libros ni de nada! =S solo te dejo un comentario para dejarte mis saludos! =D jeje! esoo! cuidatee!
mm..yo! xD
cada vez me gusta mas este blog.
sabes que? esa escena que mencionas de Pulp Fiction esta inspirada, tengo entendido, en Vivir su vida de Jean-Luc Godard; una pelicula que, puedo apostar todo el oro del mundo, te va a gustar.
"Le escuché decir una vez a Arturo Fontaine que cuando terminó de leer “Rayuela”, fue a los puentes que cruzan el Mapocho a buscar a La Maga: no la encontró. Yo sí, y me enamoré de ella, pero hasta ahí llegó la historia. Porque ella era La Maga, pero yo no era Oliveira."
no se que pasa, ultimamente me he topado con muchas palabras demoledoras. debe ser el momento.
saludos.
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