En una entrevista que le hicieron el año antepasado, Ibáñez Langlois, más conocido como Ignacio Valente, contó que la audición de “Alturas de Macchu Picchu”, no la lectura, sino la audición, a los catorce años, fue la gran experiencia poética de toda su vida. Una fuerte confesión, porque dentro de todo sabemos que Valente nunca fue benevolente con Neruda. Más bien diríamos que lo trató con dureza, aunque creo que con una justificada dureza, y nunca sin argumentos de peso, que es lo que se le pide a un crítico riguroso, como él. Y por eso no deja de ser curioso el hecho, ya que Valente más que Neruda, siempre habló de Parra como el gran poeta. Siempre destacan de que su mayor acierto fue descubrir al temprano Parra, aunque después con un tono más humilde aclara que Parra sería igual con o sin el comentario favorable de él. La verdad es que es seguro que Parra es lo que es, no por la crítica sino por su propio talento. Para mí es el más grande de los poetas chilenos, incluso por sobre dos de mis favoritos: Lihn y Teillier. Y es el más grande porque sin él, es difícil vislumbrar la camada de poetas que dio a luz nuestro país. Todos le deben(debemos) algo a Parra, tanto poetas como narradores. Y quizás por ahí viene el gran problema de la narrativa chilena: les falta Parra. Es algo así como lo que dijo una vez Zambra, de que a los narradores chilenos les faltaba leer poesía, y a los poetas chilenos les faltaba leer novelas. Es algo así, porque si se dan cuenta, y pido disculpas de antemano por citarlo una vez más, el único que se siente deudor de Parra es nuestro más grande narrador: Bolaño. Siempre lo leyó, siempre lo citó, siempre lo plagió. No me cabe duda que si leyéramos más a Parra escribiríamos mejor, o estaríamos concientes de lo que estamos haciendo.
La antología de cuentistas de Balmaceda 1215 , a cargo de Luis López-Aliaga, que aparecerá en abril, creo, de este año, y en la que aporté un cuento, lleva el nombre de un poema de Parra: La montaña Rusa (el nombre se le ocurrió al ingenioso Curi, quien también participa y su cuento abre la antología, por lo que se siente la raja y a todos nos mira hacia abajo (que disfrute su minuto de gloria, dijo el picado)). Y me siento orgulloso del nombre, porque Parra me abrió los ojos con respecto a la poesía y a la literatura en general. Gracias a Poemas y antipoemas me adentré en el mundo de la poesía, y de paso me di cuenta que no tenía talento para escribir poesía; eso también me pasó con Teillier y Lihn. Pero la lectura de esos poemas fue decisiva. A pesar de que a mi profesor de castellano nunca le gustó Parra, por lo que mucho de él no sabía. Parra fue uno de los pocos focos de discusión con él. A mí me gustaba, a él no, y nadie iba a cambiar de opinión. Volviendo al tema, leí los poemas de Parra y por primera vez logré entender un poema, o más que entender, sentir un poema. Siempre me acuerdo de Es olvido y su comienzo: Juro que no recuerdo ni su nombre/ mas moriré llamándola María. Y el Final: la olvidé sin quererlo, lentamente,/ como todas las cosas de la vida.
Después de eso recién me atreví a leer poesía, y le voy a estar eternamente agradecido a Parra por abrirme las puertas, cosa que muy pocos son capaces. Luego, un día en una clase de humanista, teníamos que hacer un trabajo sobre poetas del siglo XX, extranjeros, y debíamos analizar un poema. Como no sabíamos, el profesor nos llevó un ejemplo, por esas casualidades del mundo, que era el análisis de Un hombre, de Parra. ¿Quién lo analizaba? Nada menos que Valente. Y espérense que ésta no es solo la vez donde Valente y Parra se unen para decirme algo importante. Pero volviendo al poema, Valente transcribe el poema y luego lo critica, entrecruzando a Kafka con Sartre, y una serie de elementos, para darnos a entender la genialidad de Parra. Por supuesto que antes de que lo leyera, mi profesor dijo que el poema era bastante simplón y sin gracia. Lo leí y obviamente que no le encontré la razón. Sí, puede que sea simple, pero en esa simpleza estaba descrita toda la problemática del hombre moderno, todos los sufrimientos, todos los cuestionamientos. Ahí reafirmé mi admiración por Parra y lo seguí leyendo, aunque ya no con tanto ahínco. No eran mis mejores momentos, la vida no mostraba mucha gracia que digamos. Y fue en uno de esos días cuando me puse a ver La belleza de pensar. Estaba nada más ni nada menos que Valente. Hablaba de Parra y de la importancia de haber bajado al poeta del olimpo, cuando Warnken lo invita a escuchar un poema de Parra, recitado por él mismo. Era El hombre imaginario. Lo escuché y me destrozó mi concepción de lo que era sentir un poema. La voz de Parra, los silencios, la respiración, el poema, el momento, ese imaginario que se repetía en todo el poema, a excepción de cuando se nombra el dolor, fue algo inolvidable, hermoso, mustio(como habría dicho Pezóa Veliz), maldito, catastrófico; insuperable. Había vivido mi mayor experiencia poética. Warnken seguía hablando y yo todavía no podía volver al mundo. Decía que como nadie Parra era capaz de llevar al límite el uso de nuestra lengua y arriesgarse a sostener un poema con el mismo adjetivo imaginario al final de todos los versos, y que sólo los grandes poetas del Siglo de oro español podían darse ese gusto y les resultaba. Y que la ausencia del imaginario después del dolor, dolía de verdad, y citaba esos versos de Lihn: Nada tiene que ver el dolor con el dolor/ nada tiene que ver la desesperación con la desesperación/ Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas/ No hay nombres en la zona muda. Finalmente decía que El hombre imaginario era el mejor poema de amor y dolor en castellano.
Terminé de ver el programa, me conecté a Internet, bajé el poema, lo imprimí y lo llevé al colegio. Al día siguiente se lo mostré a mis amigos y nadie se mostró tan entusiasmado como yo. Algunos dijeron que sí, que está bueno, que tiene algo, pero ninguna crítica similar a la que yo podía hacer del poema. Después de eso nunca más les mostré ningún poema con tanto entusiasmo como aquella vez. Tiempo después me aprendí el poema de memoria, lo recitaba, me hacía bien, servía, para el dolor, para el amor. También seguí leyendo a Parra, lo disfruté, rayé con él, con su forma de escribir, hasta lo fui a ver con un amigo a su casa, en Las Cruces. Era diciembre, estaba nublado, hacía frío, hace mucho tiempo que no veía mar. Llegamos, caminamos por el pueblo; no sabíamos dónde vivía, así que le preguntamos al dueño de un quiosco. Nos señaló la casa: era la más grande y notoria. Quedaba en la calle Lincoln. Tocamos la puerta, algo nerviosos. Nadie nos abrió. Insistimos, pero fue en vano. Después llegó el cartero, tocó la puerta; nada. Dejó un par de cartas, nos miró y nos preguntó si buscábamos al poeta. Le dijimos que sí. Debe estar durmiendo, o tal vez salió, dijo, y nos contó algunas conversaciones con Parra. Que era algo cascarrabias pero buena persona. Después se fue. Antes nos deseó suerte. Nos sentamos frente a la casa a esperar que alguien llegara o algo por el estilo. Salió el sol, hacía mucho calor. Nos pusimos bajo un árbol. Leíamos a rato Poemas para la calvicie. Leía El hombre imaginario y no podía creer que estuviera en la casa de su creador. Era fuerte, era especial. Pasó algo así como una hora y llegó una señora, entró y le preguntamos por Parra. Nos preguntó que quiénes éramos. Le dijimos que dos estudiantes que querían conocer a Parra porque lo admiraban. Nos miró con recelo y agregó que Parra estaba ocupado, que no nos podía atender. Entró a la casa y desapareció. No quisimos darnos por vencidos. Insistimos, quedándonos afuera de la casa, esperando que en algún momento apareciera él, nos viera y así pudiésemos entablar una conversación. Esperamos, hasta que volvió a salir ella y nos dijo que no siguiéramos insistiendo, que no lo íbamos a poder ver. Estaba algo enojada. Era desagradable. No nos rendimos. Unas vecinas de Parra nos miraron y nos dijeron que insistiéramos, que el día anterior había recibido a unos jóvenes, que no le hiciéramos caso a la Rosita, que era una vieja amargada. Después nos preguntaron por qué queríamos verlo. Mi amigo contestó algo que no recuerdo. Yo creo que no dije nada, porque dentro de todo no sabía por qué quería verlo. Era mi poeta favorito, ¿pero eso era un motivo para ir a molestarlo hasta su casa en la playa?, me pregunté. ¿Qué culpa tenía él de que a dos pendejos se les hubiera ocurrido de pronto ir a verlo sin mayor pretexto que el de conocer a su poeta favorito?, volví a preguntarme. Había algo de patético en la escena. Además, qué íbamos a hablar, si nosotros no éramos grandes artistas y no teníamos mucho tema de conversación que digamos. Terminé, por lo menos yo, resignándome y sintiendo que era mejor que no nos abriera. Pero mi amigo dijo que no teníamos por qué sentirnos patéticos, no éramos los primeros ni los últimos que admirábamos a alguien y queríamos conocerlo en persona. Era cierto, eso me dio ánimo y seguimos esperando. Los comentarios de la vecina también, aunque dijo que Parra se creía un semi-dios. No dijimos nada, sólo nos reímos. Finalmente, a eso de las tres de la tarde, cuando ya no podíamos soportar más el sol, alguien abrió un par de ventanas del segundo piso: era Parra. Nos contempló algo indiferente, nosotros quedamos perplejos, no dijimos nada, yo quise hablar pero no me atreví; mi amigo tampoco. No podía creer que el hombre que había escrito ese gran poema que alteró mi vida estuviera frente a mí. Repentinamente desapareció y nunca más volvió. Después salió de la casa una señora rubia que nos preguntó qué queríamos. Nuevamente tuvimos que contar lo que ya habíamos contado muchas veces ese día. Nos dijo que Parra no podía atendernos porque estaba ocupado, trabajando en un nuevo libro, un libro sobre la tierra, sobre la naturaleza. La verdad es que no le creí mucho. Después nos pidió algún número de teléfono dónde ubicarnos, para que así ella nos avisara cuándo él nos podía recibir. Ingenuamente mi amigo dio su teléfono. Ya no podíamos hacer nada más. Nos despedimos de esa mujer y bajamos a la playa, en silencio. Nos había mentido, pero nos costaba asumirlo; aunque más nos costaba asumir que habíamos estado a pasos de él.
Bajamos a la playa, caminamos un poco hasta que nos cansamos. Nos recostamos en la arena y mi amigo se durmió. Ese día nos levantamos como a las siete de la mañana, asì que el sueño era inminente. Después se despertó y yo me quedé dormido. Creo que soñé con Parra, o quizás con un hombre imaginario, o quizás con La Maga, que era bastante probable después de todo. Finalmente me despertó mi amigo y caminamos hacia el local donde vendían los pasajes. La niña que atendía el local era hermosa, de eso me acuerdo, me acuerdo porque nos reímos cuando la vimos, no por mucho tiempo eso sí, porque justo estaba pasando el bus que nos llevaba de regreso a Santiago, a nuestra vida rutinaria, común y silvestre. Arriba del bus comentamos lo linda que era la niña. No podría describirla, pero era linda, muy linda. Después mi amigo se quedó dormido, yo también. Llegamos a Santiago, nos subimos al Metro y nos fuimos a la casa de él. No hablamos mucho en el trayecto, creo que él dijo, mientras íbamos en el Metro a eso de las siete de la tarde, es decir cuando iba lleno, que era increíble que hace un par de horas estábamos en la playa, viendo el mar, tranquilos, sin que nadie nos molestara, y que ahora estábamos todos apretados viajando en ese puto vagón de Metro. Asentí con la cabeza, eso fue todo, ninguna palabra sobre Parra. Llegamos a su casa y nos hicieron mil preguntas. No hablé mucho, nunca he hablado mucho en esa casa. Estaba La Maga, tal vez hablé algo con ella, no lo recuerdo, pero no creo. Mi cabeza estaba en otra parte, estaba en Las Cruces, en esa casa bonita de la calle Lincoln donde había visto a mi poeta favorito, al autor de mi poema favorito, y pensaba que era mejor que no lo conociera, que era más saludable porque tal vez no era lo que yo esperaba y eso me iba a desilusionar e iba terminar afectando, estúpidamente, mi relación con su poesía.
Después de ese viaje no volví a leer a Parra. Leí a otros poetas pero no a Parra. Lo abandoné, lo olvidé, traté de hacerlo, pero fallé. Parra no se olvida, te muerde y no te suelta. A veces afloja, pero no te suelta. Eso sí, siempre vuelve a aparecer, porque vive en nuestro inconsciente, porque al final siempre termina siendo él, el hombre imaginario que imaginamos cuando pensamos en el dolor, en el amor. Es decir, todos los días.
Posdata: Este post estaría incompleto si no pusiera el motivo de él. Aquí va, para que lo lean, lo disfruten y se sientan por un momento, un hombre imaginario.
El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.
3 comments:
Qué lindo post.
No había leído crónicas hasta que hace poco me conseguí Zanjón de la Aguada de Lemebel. Lo digo porque tu post me recordó eso de contar anécdotas, curiosidades. Como cuando él y otro travesti van a conocen a Silvio en Argentina. Sólo que él hace una especie de introducción del momento socio-político-cultural que tú prefieres abandonar en post de cierta intimidad e individualismo.
Otra cosa más: me
encanta eso que haces de, antes de dar tu opinión, transcribir la de otros. Así vas construyendo una especie de pirámide. La punta, pro su puesto, es tu opinión. Una especie de clímas.
Es una construcción muy inteligente. (y)Admirable.
El único problema es que a veces tus posts están rebalsados de intimidad y parecen algo antojadizos. Aunque eso tiene que ver con una cuestión de personalidades.
De parra, he leido Poemas y Antipoemas + algunos poemas sueltos. Son buenos, pero no para tanto como dices. Ningún otro poeta chileno ha podido conmoverme como lo hicieron Lihn y Teillier. Poemas y Antipoemas tiene algunas cosas muy... BUENO. Recién estuve recordando los poemas (http://www.nicanorparra.uchile.cl/antologia/poemasyantipoemas/) y bien... hay pocos memorables. Nombraré algunos: Es olvido, Defensa del árbol y La víbora.
En este momento que te leo , llueve y mi tristeza crece . Hacía tiempo que no me sentía así . Será que todo es imaginario para mí ?
Llegué a tu blog ya que precisamente estoy haciendo un trabajo sobre ese poema y Parra también me encanta! Que felicidad me dio encontrar un blogger con el mismo amor que yo por él. Me encanta, me encanta, me encanta!
Post a Comment