El otro día Curi me preguntó si quería acompañarlo a ver Días de campo de Raúl Ruiz. Lo primero que le contesté fue que no porque no me tincaba, o sea le dije que me tincaba muy Donoso. Él dijo que también pensaba eso pero que de todas formas quería ver la película. Yo insistí que no. Más tarde lo encontré en internet y me volvió a preguntar. Esta vez después de pensarlo bastante dije que sí, porque hace tiempo que no veía una película nueva.
Entramos a la sala (a todo esto, la película la estaban dando en el festival de cine de la UC), estaba llena, nos sentamos y vimos la película. Cuando terminó, los dos nos miramos sin entender nada. La verdad es que no voy a critica la película porque creo que necesito volverla a ver. Pero lo que sí puedo decir es que era rara, muy rara, bordeando en muchos casos el surrealismo. Salimos de la sala y no hablamos mucho de la película, porque no sabíamos qué decir. Me atrevería a señalar que nos colapsó, porque pensamos que íbamos a ver una película extremadamente realista, muy de campo, muy chilena, muy lineal, muy Donoso, y la verdad es que nos equivocamos rotundamente; aunque habría que hacer dos salvedades. Primero que la película sí es muy chilena, a pesar de los subtítulos franceses que me distrajeron bastante; y segundo que después de meditarlo bastante no nos equivocamos al señalar a Donoso como referente de la película. Aunque en parte sí, porque cuando hablábamos de que nos tincaba muy Donoso, nos referíamos al realismo de Donoso, no a los gestos surrealistas que adquirió por ejemplo en El obsceno pájaro de la noche, gran novela, perdón, enorme novela. En síntesis, nos equivocamos pero no nos equivocamos. ¿Por qué no?. Porque definitivamente la película es extremadamente donosiana en todo el esplendor de ésta palabra, con giros temporales a la hora de contar la historia, con toques surrealistas como los que utilizó donoso en sus libros, con mucha locura y con mucho realismo (pero del bueno) y con mucho de Chile. Porque cuando el lector compulsivo, de la Revista de libros, habla sobre Días de campo, señala justamente eso, lo chilena que es la película, donde se condensa gran parte de nuestra tradición (partiendo porque se elige un escritor como Federico Gana), y no sólo una tradición de costumbres sino una tradición artísticas, porque es cierto cuando el Lector compulsivo dice que en la película está condensada todas nuestras vanguardias, Huidobro, Emar, Martínez, Neruda, Lihn, Parra, Teillier; hasta Rulfo se nos aparece, en fin. Pero la verdad es que no voy a hablar más de esta película, porque como dije antes, tengo que volver a verla para hacer una crítica más acabada. Sin embargo la cito porque hay dos elementos, de los cuales hablé, con los que después de unos días me volví a encontrar, o mejor dicho se volvieron a cruzar. Hablo de Donoso y el cine. Donoso es un caso, algún día contaré mi relación con él, que es muy rara, como de amor-odio, pero nunca olvidándome que alcanzó la cima con “El obsceno...”, un libro que destruyó mi manera de ver la narrativa chilena y la forma de contar una historia. Es cierto que antes que El obsceno, yo había leído a Faulkner, Wolf y Joyce, pero me costaba asimilar tanta destrucción de un texto junto a tanto surrealismo, y a la vez junto a tanta identidad nacional, porque ese libro sí que es chileno. Mi relación con Donoso se vio opacada en parte porque tuve en el colegio un profesor de castellano, extremadamente donosiano. Tanto que tuve una unidad de estudio donde el tema era Donoso. También porque si hay algo que no me gusta de Donoso, es que en general cuando hablaba de sus libros, como que los explicaba y recalcaba las partes importantes, cosas que se tienen que explicar solas, que tienen que resaltar solas. Aquí viene a la perfección la frase que dice que el arte debe explicarse solo. Eso hizo que me alejara un poco de Donoso, además de mi profesor. Aunque en parte gracias a él supe de la existencia de El obsceno. Recuerdo que era uno de esos libros que quería leer mucho pero que siempre estaba prestado en el Bibliometro, hasta que un día lo encontré. Fue en octubre o noviembre. Iba con dos compañeros a la Feria del libro, nos bajamos en la estación de metro Los Héroes para hacer el cambio de línea, cuando veo en la vitrina del Bibliometro el libro. No lo podía creer. Mis compañeros obviamente se rieron de mí. Yo lo pedí, lo guardé en mi bolso y me fui feliz a la Feria (tiempo después uno de ellos también lo leería y comprendería mi felicidad en ese momento). Si mal no recuerdo, leí ese libro en un fin de semana. Sin querer lo manché con café, aunque sólo algunas hojas, pero lo importante es que lo leí, y rayé y lo plagié, en alguno que otro cuento. Aunque la verdad es que cuando terminé de leerlo colapsé, porque la historia estaba contada de una forma tan compleja, tan fragmentada, donde nos íbamos de un lugar hacia otro, como si nada, donde uno no sabía quién estaba hablando, ni quién era el Mudito, o Gerónimo de Azcoitía, o la Peta Ponce, o Humberto Peñaloza, o Iris Mateluna, o Inés de Azcoitía, o los monstruos. Al cerrar al libro me puse a pensar en la obra y traté de reconstruir en mi cabeza la historia nuevamente. Lo hice a medias, porque seguían existiendo cabos sueltos, cosas que no me cuadraban, aunque pensé que eso tenía que suceder, porque era surrealismo puro, era Donoso escribiendo su obra más compleja, más ambiciosa. En el libro, después de que termina la novela, hay una especie de texto donde Donoso cuenta un poco la formación del texto y lo duro que fue escribir la novela, porque fue como enfrentarse con sus propios monstruos que habitaban dentro de él. También leí un artículo donde la hija de Donoso cuenta cómo fue vivir con ese hombre cuando él escribía el libro, y cómo deliraba en un hospital, pensando en la novela y en tantas escenas horribles que retrató. Al día siguiente de leerlo llegué a clases y se lo comenté a mis compañeros. Nunca he vuelto a recordar cuál fue la frase que le dije a un amigo cuando me preguntó qué tal el libro, pero la frase fue tan genial que él me preguntó si la había inventado yo o la había leído de algún crítico (ahí se ve la poca fe en uno...). Fue algo así como que la realidad que retrata el libro pareciese inventada pero que uno sabe que no es más que la simple realidad. Ahí le hablé de toda esa gente deforme y de La Rinconada, entre otras cosas.
Al año siguiente volví a leer el libro, pero esta vez para el colegio. Me lo compré, lo leí tranquilamente y al terminarlo volví a hacer el ejercicio de reconstruir la historia. La verdad es que esta vez fue peor que la primera, porque sentí que todo lo que yo había pensado la primera vez estaba errado. Se destruyó mi teoría de cómo era el libro. En el colegio traté de hablar con mis compañeros y rearmarlo entre todos. Lo hicimos pero siguieron quedando cosas en el aire, cosas que ni mi profesor me las pudo explicar (y él sí que ha leído mil veces ese libro). Terminé dándome por vencido, o algo por estilo, sin embargo es imposible no hablar maravillas de la novela, a pesar que muchas veces es inevitable no llegar a pensar que a Donoso se le pudo haber ido la historia en algunas partes, aunque luego uno siente que la falla es de uno y no de él. Después de ese libro, leí El lugar sin límites, la verdad es que no me gustó mucho (eso sí, me culpo a mí mismo porque siento que no lo leí bien: fue de madrugada porque tenía prueba de él y no había tenido tiempo de leerlo (otro día hablaré de lo odioso que es leer por una nota, pero eso será en otra ocasión)) y antes había leído Coronación, que esa sí la leí bien, pero igual no me gustó. Finalmente no volví a leer a Donoso, aunque sé que algún día volveré a él. Ahora bien, qué tiene que ver esto con lo que yo iba a contar. Mucho, quizás todo. Hace unos días arreglé mi DVD y para reinaugurarlo vi Mulholland Drive, de David Lynch. Era primera vez que me repetía el plato con esta película, por lo mismo, y recordando el éxtasis en el que me vi fundido la primera vez, me traté de fijar en todos los detalles para que al final sintiera que ésta vez sí que había comprendido a cabalidad la historia, y podía relatársela a alguien. Fallé. Terminé de verla, volví a sentir el vacío que sentí la primera vez, pero me repuse inmediatamente para no perder el hilo de la película. Fue en vano. Volví a perder. Esta vez eso sí creo que me quedaron menos cosas dando vuelta, esta vez me emocionó mucho más cuando están Camille y Diane en el teatro Silencio y escuchan cantar a Rebeca del Río (dudo que así se escriba, pero bueno, es lo que hay), la relación de ellas es increíble. Al final la película habla del amor, de la venganza, de los celos, de la envidia, de lo tormentoso que es el mundo sin que nadie se dé cuenta. El suicidio, en la última imagen que nos queda de la película es fuerte. Pero la película es verdaderamente notable, perdón, NOTABLE; ahí sí. Quizás no tiene la elegancia de Blue Velvet, pero Lynch cuenta la historia tan bien, que emociona y la hace inolvidable. Insisto, creo que volví a perder, que me siguen quedando cosas en el aire, pero a pesar de eso uno logra sentir y disfrutar la película. Después de verla, eso sí, me sentí algo tonto, por perder y ahí fue cuando me acordé de El obsceno, y de que con esa película me había ocurrido exactamente lo mismo que con ese libro. Ese haber disfrutado tanto con el libro como con la película, a pesar de que muchas cosas me hayan quedado en el aire. Lo genial de esto, es que sé que voy a volver a leer El Obsceno y voy a volver a ver Mulholland Drive, y voy a volver a impactarme y a maravillarme, y a disfrutar con lo que cuentan, aunque más bien con cómo lo cuentan, porque creo que en eso reside gran parte de la genialidad de estas dos obras de arte, y bien merecido que se tienen esta denominación. Hay que resaltar la poesía que se ve en estas dos obras, pero hablo de verdadera poesía, y también rescato el juego con los simbolismos, con lo que puede significar un objeto. Esto último lo manejan a la perfección los dos.
En fin, cuando uno comienza a escribir, siempre surgen preguntas obvias y debates que casi nunca llegan a buen puerto. Y uno, a pesar que sabe que es absurdo discutir esos temas, igual lo hace. Por entretención, por aburrimiento. Entre los temas que salen a la palestra, siempre está el si existe una historia mejor que otra, o si ésta es más profunda que esta otra. Y se comienzan a citar y a citar ejemplos. Casi siempre sale Cortázar y por qué no, Hemingway, o Kafka, o Chéjov, o Borges, o Faulkner, o García Márquez, o Carver. Inevitablemente también surge el tema de la imaginación, hasta que alguien dice lo que todos siempre hemos escuchado, pero que nadie ha dicho hasta ese momento: todas las historias están contadas, todos los temas tratados, que no son más de cinco, así que lo que importa ahora es cómo se cuentan, cómo se tratan. Típica discusión de taller literario cerrada generalmente por el tallerista. Obviamente existen algunas réplicas, pero débiles porque todos concuerdan con lo dicho por el mandamás. Se acabó el tema. Y la verdad es que yo no sé si es o no es así. A veces creo que falta que alguien nos cuente buenas historias (yo tengo un nombre pero no lo voy a citar porque lo he citado mucho en este blog), como en el siglo XIX, donde no había gran importancia en la técnica pero sí en lo que se estaba contando. Pero hablo de la técnica porque justamente en la película de Lynch como en el libro de Donoso, lo más original, lo más genial, es cómo se cuenta la historia, cómo se destruye la forma lineal para dar paso a fragmentos, entrecruzamientos, yuxtaposiciones de imágenes, de personajes. Y Donoso y Lynch lo hacen a la perfección, y no simplemente porque saben al revés y al derecho con qué material están trabajando y sobre qué campo se mueven, sino porque los tipos tienen talento y eso se ve reflejado en estas dos obras. Pero más que eso, cito estos dos ejemplos y los uno al tema del contar una historia, porque justamente si estas historias no hubiesen sido contadas así, lo más probable es que no serían lo que son. Y más que eso, son dos ejemplos de que la técnica, cuando se subordina al tema y no se abusa de ella, sirve y logra conformar una obra de arte. Porque siempre hay gente que dice que la técnica no sirve, o que cuando muere el espíritu aparece la técnica (algo así siempre dice el señor Curi), y yo les doy estos dos ejemplos para asegurar justamente lo contrario. Sin embargo insisto en el hecho de no abusar de ella y de no esconderse detrás de ella cuando uno no tiene nada que contar. Los malos artistas hacen eso, los malos escritores, o mejor dicho los escribidores. La técnica está a la disposición del artista para que mediante ella pueda desplegar su talento y logre decir de la mejor manera, lo que quiere decir, como lo hicieron en estos dos casos, Donoso y Lynch.
Entramos a la sala (a todo esto, la película la estaban dando en el festival de cine de la UC), estaba llena, nos sentamos y vimos la película. Cuando terminó, los dos nos miramos sin entender nada. La verdad es que no voy a critica la película porque creo que necesito volverla a ver. Pero lo que sí puedo decir es que era rara, muy rara, bordeando en muchos casos el surrealismo. Salimos de la sala y no hablamos mucho de la película, porque no sabíamos qué decir. Me atrevería a señalar que nos colapsó, porque pensamos que íbamos a ver una película extremadamente realista, muy de campo, muy chilena, muy lineal, muy Donoso, y la verdad es que nos equivocamos rotundamente; aunque habría que hacer dos salvedades. Primero que la película sí es muy chilena, a pesar de los subtítulos franceses que me distrajeron bastante; y segundo que después de meditarlo bastante no nos equivocamos al señalar a Donoso como referente de la película. Aunque en parte sí, porque cuando hablábamos de que nos tincaba muy Donoso, nos referíamos al realismo de Donoso, no a los gestos surrealistas que adquirió por ejemplo en El obsceno pájaro de la noche, gran novela, perdón, enorme novela. En síntesis, nos equivocamos pero no nos equivocamos. ¿Por qué no?. Porque definitivamente la película es extremadamente donosiana en todo el esplendor de ésta palabra, con giros temporales a la hora de contar la historia, con toques surrealistas como los que utilizó donoso en sus libros, con mucha locura y con mucho realismo (pero del bueno) y con mucho de Chile. Porque cuando el lector compulsivo, de la Revista de libros, habla sobre Días de campo, señala justamente eso, lo chilena que es la película, donde se condensa gran parte de nuestra tradición (partiendo porque se elige un escritor como Federico Gana), y no sólo una tradición de costumbres sino una tradición artísticas, porque es cierto cuando el Lector compulsivo dice que en la película está condensada todas nuestras vanguardias, Huidobro, Emar, Martínez, Neruda, Lihn, Parra, Teillier; hasta Rulfo se nos aparece, en fin. Pero la verdad es que no voy a hablar más de esta película, porque como dije antes, tengo que volver a verla para hacer una crítica más acabada. Sin embargo la cito porque hay dos elementos, de los cuales hablé, con los que después de unos días me volví a encontrar, o mejor dicho se volvieron a cruzar. Hablo de Donoso y el cine. Donoso es un caso, algún día contaré mi relación con él, que es muy rara, como de amor-odio, pero nunca olvidándome que alcanzó la cima con “El obsceno...”, un libro que destruyó mi manera de ver la narrativa chilena y la forma de contar una historia. Es cierto que antes que El obsceno, yo había leído a Faulkner, Wolf y Joyce, pero me costaba asimilar tanta destrucción de un texto junto a tanto surrealismo, y a la vez junto a tanta identidad nacional, porque ese libro sí que es chileno. Mi relación con Donoso se vio opacada en parte porque tuve en el colegio un profesor de castellano, extremadamente donosiano. Tanto que tuve una unidad de estudio donde el tema era Donoso. También porque si hay algo que no me gusta de Donoso, es que en general cuando hablaba de sus libros, como que los explicaba y recalcaba las partes importantes, cosas que se tienen que explicar solas, que tienen que resaltar solas. Aquí viene a la perfección la frase que dice que el arte debe explicarse solo. Eso hizo que me alejara un poco de Donoso, además de mi profesor. Aunque en parte gracias a él supe de la existencia de El obsceno. Recuerdo que era uno de esos libros que quería leer mucho pero que siempre estaba prestado en el Bibliometro, hasta que un día lo encontré. Fue en octubre o noviembre. Iba con dos compañeros a la Feria del libro, nos bajamos en la estación de metro Los Héroes para hacer el cambio de línea, cuando veo en la vitrina del Bibliometro el libro. No lo podía creer. Mis compañeros obviamente se rieron de mí. Yo lo pedí, lo guardé en mi bolso y me fui feliz a la Feria (tiempo después uno de ellos también lo leería y comprendería mi felicidad en ese momento). Si mal no recuerdo, leí ese libro en un fin de semana. Sin querer lo manché con café, aunque sólo algunas hojas, pero lo importante es que lo leí, y rayé y lo plagié, en alguno que otro cuento. Aunque la verdad es que cuando terminé de leerlo colapsé, porque la historia estaba contada de una forma tan compleja, tan fragmentada, donde nos íbamos de un lugar hacia otro, como si nada, donde uno no sabía quién estaba hablando, ni quién era el Mudito, o Gerónimo de Azcoitía, o la Peta Ponce, o Humberto Peñaloza, o Iris Mateluna, o Inés de Azcoitía, o los monstruos. Al cerrar al libro me puse a pensar en la obra y traté de reconstruir en mi cabeza la historia nuevamente. Lo hice a medias, porque seguían existiendo cabos sueltos, cosas que no me cuadraban, aunque pensé que eso tenía que suceder, porque era surrealismo puro, era Donoso escribiendo su obra más compleja, más ambiciosa. En el libro, después de que termina la novela, hay una especie de texto donde Donoso cuenta un poco la formación del texto y lo duro que fue escribir la novela, porque fue como enfrentarse con sus propios monstruos que habitaban dentro de él. También leí un artículo donde la hija de Donoso cuenta cómo fue vivir con ese hombre cuando él escribía el libro, y cómo deliraba en un hospital, pensando en la novela y en tantas escenas horribles que retrató. Al día siguiente de leerlo llegué a clases y se lo comenté a mis compañeros. Nunca he vuelto a recordar cuál fue la frase que le dije a un amigo cuando me preguntó qué tal el libro, pero la frase fue tan genial que él me preguntó si la había inventado yo o la había leído de algún crítico (ahí se ve la poca fe en uno...). Fue algo así como que la realidad que retrata el libro pareciese inventada pero que uno sabe que no es más que la simple realidad. Ahí le hablé de toda esa gente deforme y de La Rinconada, entre otras cosas.
Al año siguiente volví a leer el libro, pero esta vez para el colegio. Me lo compré, lo leí tranquilamente y al terminarlo volví a hacer el ejercicio de reconstruir la historia. La verdad es que esta vez fue peor que la primera, porque sentí que todo lo que yo había pensado la primera vez estaba errado. Se destruyó mi teoría de cómo era el libro. En el colegio traté de hablar con mis compañeros y rearmarlo entre todos. Lo hicimos pero siguieron quedando cosas en el aire, cosas que ni mi profesor me las pudo explicar (y él sí que ha leído mil veces ese libro). Terminé dándome por vencido, o algo por estilo, sin embargo es imposible no hablar maravillas de la novela, a pesar que muchas veces es inevitable no llegar a pensar que a Donoso se le pudo haber ido la historia en algunas partes, aunque luego uno siente que la falla es de uno y no de él. Después de ese libro, leí El lugar sin límites, la verdad es que no me gustó mucho (eso sí, me culpo a mí mismo porque siento que no lo leí bien: fue de madrugada porque tenía prueba de él y no había tenido tiempo de leerlo (otro día hablaré de lo odioso que es leer por una nota, pero eso será en otra ocasión)) y antes había leído Coronación, que esa sí la leí bien, pero igual no me gustó. Finalmente no volví a leer a Donoso, aunque sé que algún día volveré a él. Ahora bien, qué tiene que ver esto con lo que yo iba a contar. Mucho, quizás todo. Hace unos días arreglé mi DVD y para reinaugurarlo vi Mulholland Drive, de David Lynch. Era primera vez que me repetía el plato con esta película, por lo mismo, y recordando el éxtasis en el que me vi fundido la primera vez, me traté de fijar en todos los detalles para que al final sintiera que ésta vez sí que había comprendido a cabalidad la historia, y podía relatársela a alguien. Fallé. Terminé de verla, volví a sentir el vacío que sentí la primera vez, pero me repuse inmediatamente para no perder el hilo de la película. Fue en vano. Volví a perder. Esta vez eso sí creo que me quedaron menos cosas dando vuelta, esta vez me emocionó mucho más cuando están Camille y Diane en el teatro Silencio y escuchan cantar a Rebeca del Río (dudo que así se escriba, pero bueno, es lo que hay), la relación de ellas es increíble. Al final la película habla del amor, de la venganza, de los celos, de la envidia, de lo tormentoso que es el mundo sin que nadie se dé cuenta. El suicidio, en la última imagen que nos queda de la película es fuerte. Pero la película es verdaderamente notable, perdón, NOTABLE; ahí sí. Quizás no tiene la elegancia de Blue Velvet, pero Lynch cuenta la historia tan bien, que emociona y la hace inolvidable. Insisto, creo que volví a perder, que me siguen quedando cosas en el aire, pero a pesar de eso uno logra sentir y disfrutar la película. Después de verla, eso sí, me sentí algo tonto, por perder y ahí fue cuando me acordé de El obsceno, y de que con esa película me había ocurrido exactamente lo mismo que con ese libro. Ese haber disfrutado tanto con el libro como con la película, a pesar de que muchas cosas me hayan quedado en el aire. Lo genial de esto, es que sé que voy a volver a leer El Obsceno y voy a volver a ver Mulholland Drive, y voy a volver a impactarme y a maravillarme, y a disfrutar con lo que cuentan, aunque más bien con cómo lo cuentan, porque creo que en eso reside gran parte de la genialidad de estas dos obras de arte, y bien merecido que se tienen esta denominación. Hay que resaltar la poesía que se ve en estas dos obras, pero hablo de verdadera poesía, y también rescato el juego con los simbolismos, con lo que puede significar un objeto. Esto último lo manejan a la perfección los dos.
En fin, cuando uno comienza a escribir, siempre surgen preguntas obvias y debates que casi nunca llegan a buen puerto. Y uno, a pesar que sabe que es absurdo discutir esos temas, igual lo hace. Por entretención, por aburrimiento. Entre los temas que salen a la palestra, siempre está el si existe una historia mejor que otra, o si ésta es más profunda que esta otra. Y se comienzan a citar y a citar ejemplos. Casi siempre sale Cortázar y por qué no, Hemingway, o Kafka, o Chéjov, o Borges, o Faulkner, o García Márquez, o Carver. Inevitablemente también surge el tema de la imaginación, hasta que alguien dice lo que todos siempre hemos escuchado, pero que nadie ha dicho hasta ese momento: todas las historias están contadas, todos los temas tratados, que no son más de cinco, así que lo que importa ahora es cómo se cuentan, cómo se tratan. Típica discusión de taller literario cerrada generalmente por el tallerista. Obviamente existen algunas réplicas, pero débiles porque todos concuerdan con lo dicho por el mandamás. Se acabó el tema. Y la verdad es que yo no sé si es o no es así. A veces creo que falta que alguien nos cuente buenas historias (yo tengo un nombre pero no lo voy a citar porque lo he citado mucho en este blog), como en el siglo XIX, donde no había gran importancia en la técnica pero sí en lo que se estaba contando. Pero hablo de la técnica porque justamente en la película de Lynch como en el libro de Donoso, lo más original, lo más genial, es cómo se cuenta la historia, cómo se destruye la forma lineal para dar paso a fragmentos, entrecruzamientos, yuxtaposiciones de imágenes, de personajes. Y Donoso y Lynch lo hacen a la perfección, y no simplemente porque saben al revés y al derecho con qué material están trabajando y sobre qué campo se mueven, sino porque los tipos tienen talento y eso se ve reflejado en estas dos obras. Pero más que eso, cito estos dos ejemplos y los uno al tema del contar una historia, porque justamente si estas historias no hubiesen sido contadas así, lo más probable es que no serían lo que son. Y más que eso, son dos ejemplos de que la técnica, cuando se subordina al tema y no se abusa de ella, sirve y logra conformar una obra de arte. Porque siempre hay gente que dice que la técnica no sirve, o que cuando muere el espíritu aparece la técnica (algo así siempre dice el señor Curi), y yo les doy estos dos ejemplos para asegurar justamente lo contrario. Sin embargo insisto en el hecho de no abusar de ella y de no esconderse detrás de ella cuando uno no tiene nada que contar. Los malos artistas hacen eso, los malos escritores, o mejor dicho los escribidores. La técnica está a la disposición del artista para que mediante ella pueda desplegar su talento y logre decir de la mejor manera, lo que quiere decir, como lo hicieron en estos dos casos, Donoso y Lynch.
6 comments:
Diego encuentro interesantes tus posts, pero por favor: PODER DE SÍNTESIS!!....cuando entres a estudiar periodismo te van a enseñar que un buen artículo tiene que ser atrayente a la vista, no sólo fondo sino forma.
saludos y siga escribiendo y leyendo
hola diego.
me gusto mucho el post, quiza porque me hizo recordar varias cosas. en verdad, proque me recordó al obsceno y a mulholland drive.
cuando muere el espiritu nace la tecnica lo dijo alguien pero no me puedo acordar y tengo mucho rabia por eso, ganas de golpearme la cabeza. ¡¡quien lo dijo!! :@ parece que fue carver o no sé, tú deberías acordarte. a propósito, felicitaciones pro tu memoria prodigiosa (termino muy bioy casares) por acordarte de tantos nombre de el obsceno, yo no habria dicho mas que el mudito y la ines mateluna, ah y la peta ponce que con fdo siempre nos reiamos.
insisto en la importancia de la buena historia. aunque creo que cuando hablas de la tecnica la confundes un poco con la mirada, porque lo bueno que tiene el obsceno, mas que la tecnica, es la mirada del mudito. personaje inolvidable. es una novela psicologica, como decia borges. psicoanalitica freudiana, como la llamaria sabato (¿te acuerdas de tongoy xD?).
no estoy seguro de que si le quitaramos tecnica al libro (la secuencia temporal y eso) quedara algo malo. o normal. en verdad, quedaria algo igualmente genial.
como siempre, me encanta discutir contigo.
te voy a contar algo freak: j. teillier trabajo en los botes del parque o'higgins. lo supe hoy y estoy colapsado.
gracias por justificar tus posts. hacen la lectura mucho mas agradable.
Diego... Donoso, uf. Creo que soy muy fan de él y seré poco objetiva, porque siempre lo soy. El pájaro es una de mis novelas favoritas y ni siquiera la he terminado y no necesito hacerlo. Como dijiste en alguna ocación anterior una buena novela es como la vida y la vida es como dice el eclesiastes: "vanidad de vanidades, todo es vanidad". Poco o nada podemos saber de ella, y a veces es mejor no preguntarnos y sentir a ciegas. Donoso crea ese mundo donde uno no sabe para qué ni porqué, el fin o el comienzo, uno no sabe nada, pero se retuerse y horroriza. Es lo más obseno y oscuro que he leído en mi vida. Eso es lo que me encanta, la vida es absolutamente aberrante y viceversa.
Nosotros? creo que los punks tienen razón, no somos nada.
Jajajaja, gracias por los post... Con respecto a lo de Antonio, jajaja sí, sé que falta poder de síntesis, pero así me sale por ahora, jajajaa además que, sin menospreciar a los amigos periodistas, no por ellos voy a cambiar mi forma de escribir (aunque encuentro verdad lo de la atracción de un texto); porque dentro de todo este blog tiene la particularidad ser un juego ejercicio. No pretendo que estas cosas que escribo traspasen este blog, por lo mismo me doy el lujo de escribir largo y de contar mi vida, entre cada post. Aunque tendré en cuenta tu sugerencia... COn respecto a Sebastián, gracias por leer mis post y en generla tirarles tantas flores. En el anterior, tu comentario fue mucho más lindo que mi post (me dieron ganas de llorar), se agradece. Y lo de Teillier sí que es freak, extremadamente freak, pero genial... A todo esto, tú que eres un buen amigo de la poesía... una recomendación urgente: lee a Anguita, "Venus en el pudridero". simplemente notable, al nivel de "La pieza oscura" de Lihn o de la antología de Teillier. A veces pienso que llega a ser superior.
Finalmente pero no por eso menos importante, Paulina, definitivamente tienes grandes gustos literarios...ojalá algún día te pueda encontrar en msn y hablemos... dudo que falte tema.
Yo he leído mucho, me he pasado la vida leyendo, pero debo contarte que con "El obsceno pájaro de la noche" tuve una experiencia que sigo recordando (hace mucho que no lo releo). Fue una sensación física: la de ser rumiado, comido, masticado. Me morí de terror. Me morí de espanto. Y finalmente, cuando llegó el final, noté cómo...me escupía, me vomitaba. Me quedaba a fuera ¿a salvo?
Para mí la novela es la mejor del tan declamado y aparatoso boom, con todas las objeciones que pueden hacerse a la obra de Donoso, la que le antecedió y la que siguió.
Excelente me pareció tu relación con Mulholland Drive. ¿Acaso no pasa lo mismo con varias películas de David Lynch?
Muy bueno tu blog, saludos desde Mendoza, Argentina
Daniel I
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