Friday, May 07, 2010

No sé cómo se llama, pero sé que comienza así:



Han llegado a Zúñiga y no saben qué hacer.
El viaje ha durado casi veinticuatro horas y Diego, el que conduce, no sabe cómo fue capaz de permanecer despierto durante todo el trayecto. Claro, él condujo, él conduce y él conducirá porque Eduardo, quien va sentado a su lado, tiene un poco más de veinte años y su papá, que también es el papá de Diego, jamás se dio el tiempo de enseñarle a manejar.
En realidad no le enseñó a manejar a ninguno de los dos, pese a que los autos, y el mundo que rodea a los autos, siempre fue el lugar en el que se sintió más cómodo en la vida. De hecho, cuando joven pensó en estudiar mecánica, o ingeniería en mecánica, pero más por desidia que por falta de recursos decidió seguir el oficio de su padre: comerciante.
Pero no nos desviemos, porque esta historia no es sobre él, sino sobre Diego y Eduardo, que permanecen sentados en la camioneta, frente a una iglesia, perdidos en un pueblo que lleva el mismo apellido de ellos. Por supuesto que no es en honor a ellos o su padre o a su abuelo o a su bisabuelo. Se supone que es en honor a un sacerdote que hace muchos, pero muchos años atrás decidió construir la iglesia que, ahora, está rodeada de cintas amarillas y rojas, impidiendo el paso a cualquier feligrés que quiera rezar mirando la imagen de un Cristo barroco.
Ellos, que aún no saben qué hacer, observan el frontis de la iglesia, observan cómo atardece en Zúñiga y esperan, desean, que algo suceda, que aparezca alguien y les diga qué deben hacer.
Lamentablemente pasan los minutos y nadie se detiene y nada sucede en un pueblo que no debe de tener más de doscientos habitantes, de los cuales más de la mitad son ancianos que vienen a morir en silencio, en paz.
De pronto el viento mueve algunas hojas, mueve las cintas que rodean a una iglesia que sobrevivió al terremoto más por milagro y tristeza que por motivos arquitectónicos. Sólo queda el frontis, sólo quedan los restos de los santos esparcidos en el suelo, sólo queda en pie la virgen, que con Jesús en sus brazos, lo observa en el suelo, con más años, sin cabeza, sin corona de espina y con un brazo menos. La cara partida en dos y los restos que ningún habitante de Zúñiga ha decidido recoger, porque tienen miedo de que algo les ocurra: algo como que la iglesia se venga abajo, algo como que no sean lo suficientemente dignos para recoger el cuerpo de Cristo, mientras la virgen los observa intacta desde las alturas.
Pero Diego y Eduardo no saben esto, porque permanecen sentados en la camioneta, intentando sintonizar alguna radio, esperando que algún habitante del pueblo aparezca y ellos le pregunten por un lugar donde puedan pasar la noche.
Ese habitante se demora mucho tiempo en pasar, pero lo hace en una bicicleta, velozmente, por lo que Diego debe encender el motor de la camioneta y seguirlo una cuadra hasta que el ciclista se sube a la vereda y se detiene.
Antes de que hablen con él, Diego y Eduardo han conversado, brevemente, sobre los posibles motivos que tuvo su padre a la hora de pedirles que viajaran a este pueblo. Las teorías que han barajado son tan disímiles como absurdas. Desde el arrepentimiento por nunca haber expresado su deseo de que se trataran como verdaderos hermanos, hasta la idea egocéntrica de pensar que ambos se emocionarían por el gesto de que su último deseo fuera que visitaran un pueblo que lleva el apellido de él.
El problema es que aún siguen tratándose como dos desconocidos y eso, probablemente, no va a cambiar ahora ni cambiará con los días, porque, en efecto, Diego y Eduardo son eso: dos desconocidos que los une, solamente, la idea, y el hecho, de tener un mismo padre.
Tampoco están emocionados por conocer un pueblo que lleva de nombre el mismo apellido de ambos. Al contrario, lo único que han hecho a lo largo del viaje es permanecer en silencio y cruzar un par de palabras inofensivas. Palabras acerca del desierto que han tenido que atravesar, palabras sobre la noche, las estrellas, el frío y el calor.
Pero nada más.
Ahora el hombre les indica que deben volver a Rancagua, que acá no hay ningún lugar donde puedan quedarse, que alguna vez hubo una residencial que luego se transformó en una casa de putas, pero que ya no queda nada, que antes del terremoto no había nada y que ahora, como pueden suponer, menos podría haberlo.

Los hermanos Zúñiga, como alguna vez los llamó su papá, se miran un rato, luego le dan las gracias al hombre de la bicicleta, suben los vidrios de la camioneta y deciden volver al lugar de inicio: la iglesia devastada, las calles vacías, la tarde que comienza a ser noche, las luces de los postes que iluminan con dificultad. El viento. Las hojas. Algunas luces que aparecen tras las casas que sobrevivieron, a duras penas, al terremoto.
Eduardo enciende la radio y pone un disco de Pat Metheny. Diego no soporta a Pat Metheny, pero Eduardo no sabe eso, y aunque lo supiera le daría lo mismo, probablemente, porque siempre fue él quien puso los discos en la camioneta, y esa costumbre no se le va a quitar ahora, que Diego es el que está sentado en el asiento del conductor. Las cosas, por más que vayan a cambiar, aún no lo hacen y Eduardo lo sabe y sube el volumen, tal como le gustaba a su padre.
—Éste era su disco preferido –dice él y Diego se ríe.
—¿También te gusta esta huevada?
—¿A ti no?
—Una mierda –responde Diego y enciende el motor de la camioneta. Ha decidido volver a Rancagua, bajarse en el supermercado, comprar cosas para comer, luego echar bencina, comprar café o té y volver a Zúñiga.
Dormirán en la camioneta y esperarán a que pase algo. Que quizá se aparezca el fantasma de su padre y les diga por qué mierda les pidió que vinieran a este pueblo muerto, lleno de polvo, lleno de escombros.
Pero por ahora eso no ocurre y quién sabe si en algún momento ocurrirá. Lo único seguro es que Diego debe volver a México en un par de horas y que Eduardo quiere irse con él, pero aún no se atreve a decírselo.

10 comments:

Maori Pérez said...

Su perfecto Lateralus: igualito al Aenima, su lugarcito cómodo.

Diego Zúñiga said...

Desarrolle la idea, joven.
Alguna vez escuché a tool, luego lo abandoné.

alvarooga said...

que bueno, me gustó. se me vino a la mente un escenario del sur de eeuu.

Alvaro M. Oga M. said...

bueno tu blog

Alex Cárdenas said...
This comment has been removed by the author.
Laura Vazquez said...

Hola, encontré tu blog...navegando. Y me gustó tanto que ya lo puse en mis favoritos para seguir pasando y leyéndote. Te invito al mío, a ver si dialogamos. Saludos desde Buenos Aires!.

Anonymous said...

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Felicitaciones por tu blog, me ha gustado mucho.

víctor escobar díaz said...

bueno el blo, buenos textos. hace un tiempo me hicieron llegar una novela tuya, creo. bueno. saludos. pásate por acá.