Wednesday, March 02, 2011

Estoy leyendo esto y comienza así:


Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente. Sobre la mesa has dejado un tebeo abierto por una página doble. Con la emoción tu mujer se apoya contra la mesa, el libro bascula y se cierra antes de que comprenda que se trataba de tu último mensaje.

Nunca he estado en esa casa. Con todo, conozco el jardín, la planta baja y el sótano. He visto la escena cientos de veces, siempre con los mismos decorados, los que imaginé la primera vez que me contaron lo de tu suicidio. Esa casa estaba en una calle, tenía un tejado y una fachada trasera. Pero nada de eso existe. Está el jardín donde sientes por última vez el sol y donde tu mujer se queda esperándote. Está la fachada hacia la que corre cuando oye la descarga. Está la entrada, donde se encuentran la raqueta, la puerta del sótano y las escaleras. Y, por último, está el sótano donde yace tu cuerpo. Está intacto. No te ha explotado el cráneo como me habían dicho. Eres como un joven tenista que descansa sobre la hierba después de un partido. Cualquiera diría que estás dormido. Tienes veinticinco años. Ahora ya sabes más que yo sobre la muerte.

Tu mujer pega un grito. Aparte de ti no hay nadie más que pueda oírlo. Estáis solos en la casa. Se echa sobre ti llorando y te golpea el pecho entre el amor y la rabia. Te coge entre sus brazos y te habla. Solloza y se desploma sobre ti. Las manos se le deslizan hasta el frío y húmedo suelo del sótano. Sus dedos restriegan el pavimento. Se queda así un cuarto de hora y nota cómo se te va enfriando el cuerpo. El teléfono la saca del aturdimiento. Reúne fuerzas para subir. Es la persona con la que habíais quedado para jugar al tenis. «Bueno, ¿qué pasa?». «Está muerto. Muerto», responde.

Saturday, January 15, 2011

Estoy leyendo esto:

Y estoy seguro de que te gustaría tanto como a mí.

Thursday, January 13, 2011

Lo que te quiero decir es esto:

"Que no sabes -no intuyes, no imaginas- que pienso todos los días -desde hace meses- en ti. Y que en eso te equivocas por completo".

Romain Gary -que se parece tanto, pero tanto, a Perec-.

Thursday, December 30, 2010

El elefante (Slawomir Mrozek)




EL ELEFANTE


El director del parque zoológico resultó ser un trepa. Trataba a los animales como simples peldaños de su carrera. Tampoco le preocupaba el papel que la institución que regentaba debía desempeñar en la formación de la juventud. En su zoológico, la jirafa tenía el cuello corto, no había ni una triste madriguera para el tejón y las marmotas, indiferentes a todo, silbaban sólo muy de vez en cuando y de mala gana. Estas irregularidades resultaban tanto más inexcusables cuanto que su parque zoológico era el destino habitual de las excursiones escolares.
Era un zoológico de provincias donde faltaban algunos de los animales básicos, por ejemplo el elefante. Temporalmente, se intentó suplir esta carencia con la cría de tres mil conejos. Sin embargo, a medida que el país se desarrollaba, se fue poniendo remedio a las deficiencias de forma planificada. Y, finalmente, le llegó el turno al elefante. Con motivo de la fiesta del 22 de Julio, se notificó al parque zoológico que su solicitud de adjudicación de un elefante había sido resuelta favorablemente. Los empleados, entregados sin condiciones a la causa, se alegraron sobremanera. ¡Cuál fue su asombro cuando se enteraron de que en un memorial enviado a Varsovia el director renunciaba a la asignación y presentaba un proyecto para adquirir el elefante con recursos propios!
«Yo y toda la plantilla —escribía— somos conscientes de que el elefante constituiría una enorme carga para los mineros y los metalúrgicos de Polonia. Para minimizar los costes, sugiero la posibilidad de sustituir el elefante solicitado por un elefante casero. Fabricaremos un elefante de goma de tamaño real, lo hincharemos y lo colocaremos detrás de los barrotes. Debidamente pintado, nadie podrá distinguirlo de un animal auténtico, ni siquiera mirándolo de cerca. No hay que olvidar que el elefante es un animal pesado. No salta, no corre, ni se revuelca en el barro. Un letrero colgado en la cerca explicará que se trata de un ejemplar particularmente macizo. Así ahorraremos un dinero que podrá ser destinado a la construcción de un nuevo avión de caza o a la restauración de la arquitectura religiosa. Les ruego adviertan que tanto la idea como la ejecución del proyecto constituyen mi modesta contribución a los esfuerzos y a la lucha de nuestra sociedad. Su seguro servidor». Y una firma.
Por lo visto, el memorial había llegado a las manos de un oficinista rutinero que trataba sus deberes con una falta de sensibilidad típicamente burocrática. Sin entrar en el quid de la cuestión y guiándose sólo por la directriz de reducir costes, aprobó el proyecto. Al recibir el visto bueno, el director del parque zoológico ordenó confeccionar una gran bolsa de goma que luego tenía que ser hinchada.
Dos conserjes se encargarían de la tarea soplando por los dos extremos. Para mantener el asunto en secreto, disponían sólo de una noche. Los habitantes de la ciudad ya se habían enterado de que un elefante de verdad iba a llegar al zoo y querían verlo. Además, el director los apremiaba, porque esperaba cobrar una prima cuando la idea se hiciera realidad.
Los conserjes se encerraron en un cobertizo habilitado como taller y procedieron a la insuflación. Sin embargo, después de dos horas de duro trabajo, constataron que la bolsa gris apenas se había levantado del suelo, formando un bulto deforme que no se parecía en nada a un elefante.
La noche avanzaba, las voces humanas habían enmudecido y del parque zoológico sólo llegaban los aullidos del chacal. Fatigados, interrumpieron su labor, cuidando de que no se escapara el aire que habían insuflado. Eran hombres de avanzada edad, poco avezados a esta clase de trabajos.
—A este paso, no acabaremos hasta mañana —dijo uno de ellos—. ¿Qué le diré a mi mujer cuando vuelva a casa? No me va a creer si le cuento que me he pasado toda la noche hinchando un elefante.
—Cierto —afirmó el otro—. No se hincha un elefante todos los días. ¡Esto nos pasa por tener un director de izquierdas!
Al cabo de media hora estaban agotados. El torso del elefante había aumentado de volumen, pero aún le faltaba mucho para alcanzar la forma definitiva.
—Se me hace cada vez más cuesta arriba —declaró el primero.
—Totalmente de acuerdo —asintió el otro—. Esto es un trabajo de negros. Descansemos un rato.
Mientras descansaban, uno de ellos advirtió una espita de gas que sobresalía de la pared. Se le ocurrió que, en lugar de hacerlo con aire, tal vez fuera posible hinchar el elefante con gas. Le comentó la idea a su compañero.
Decidieron hacer una prueba. Conectaron la espita al elefante y con gran alegría constataron que, al poco, en medio del cobertizo se erigía un espécimen de estatura normal. Parecía vivo. Un corpachón imponente, patas como columnas, enormes orejas y la imprescindible trompa. El director, que tenía vía libre y quería exhibir un elefante espectacular en su zoológico, había hecho todo lo posible para que el prototipo fuese grande.
—¡De perlas! —declaró el que había tenido la idea del gas—. Podemos irnos a casa.
Por la mañana, transportaron el elefante a un recinto construido especialmente para la ocasión en el centro mismo del zoológico, junto a la jaula de los monos. Colocado en primer plano y con una roca natural al fondo, el elefante ofrecía un aspecto amenazador. Delante, instalaron un letrero que rezaba: «¡Ejemplar particularmente pesado: no corre!».
Los primeros visitantes del día fueron los alumnos de la escuela local acompañados de un maestro. El maestro se disponía a dar una clase práctica sobre el elefante. Detuvo al grupo frente al animal y empezó la lección:
—...El elefante es herbívoro. Arranca con la trompa árboles pequeños y devora el follaje.
Los colegiales agolpados delante del elefante lo contemplaban con admiración. Tenían la esperanza de que arrancara algún árbol, pero el bicho permanecía inmóvil detrás de la cerca.
—...El elefante es un descendiente directo de los mamuts, hoy ya extinguidos. No es extraño, pues, que sea el animal terrestre más grande.
Los alumnos más aplicados tomaban apuntes.
—...Sólo la ballena pesa más que el elefante, pero vive en el mar. Por lo tanto, podemos decir que el elefante es el rey de la selva.
Un leve soplo de viento recorrió el parque zoológico.
—...El peso de un elefante adulto oscila entre los cuatro y los seis mil kilos.
De pronto, el elefante se estremeció y alzó el vuelo. Se meció por un instante a ras del suelo, pero, sustentado por la brisa, ganó altura y su recia silueta se recortó contra el cielo azul. Tras unos segundos el elefante se elevó aún más y exhibió ante los espectadores las cuatro pezuñas circulares, el vientre abombado y la punta de la trompa. Luego, arrastrado por el viento en sentido horizontal, sobrevoló la cerca y desapareció por encima de las copas de los árboles. Los monos miraban al cielo, estupefactos. El elefante fue encontrado en el cercano jardín botánico, donde se había pinchado al caer sobre un cactus y había reventado.
Los chavales que habían visitado el parque zoológico aquel día empezaron a tomarse a pitorreo los estudios y se volvieron unos gamberros. Por lo visto, beben vodka y rompen cristales. Y no creen en elefantes.

Friday, May 07, 2010

No sé cómo se llama, pero sé que comienza así:



Han llegado a Zúñiga y no saben qué hacer.
El viaje ha durado casi veinticuatro horas y Diego, el que conduce, no sabe cómo fue capaz de permanecer despierto durante todo el trayecto. Claro, él condujo, él conduce y él conducirá porque Eduardo, quien va sentado a su lado, tiene un poco más de veinte años y su papá, que también es el papá de Diego, jamás se dio el tiempo de enseñarle a manejar.
En realidad no le enseñó a manejar a ninguno de los dos, pese a que los autos, y el mundo que rodea a los autos, siempre fue el lugar en el que se sintió más cómodo en la vida. De hecho, cuando joven pensó en estudiar mecánica, o ingeniería en mecánica, pero más por desidia que por falta de recursos decidió seguir el oficio de su padre: comerciante.
Pero no nos desviemos, porque esta historia no es sobre él, sino sobre Diego y Eduardo, que permanecen sentados en la camioneta, frente a una iglesia, perdidos en un pueblo que lleva el mismo apellido de ellos. Por supuesto que no es en honor a ellos o su padre o a su abuelo o a su bisabuelo. Se supone que es en honor a un sacerdote que hace muchos, pero muchos años atrás decidió construir la iglesia que, ahora, está rodeada de cintas amarillas y rojas, impidiendo el paso a cualquier feligrés que quiera rezar mirando la imagen de un Cristo barroco.
Ellos, que aún no saben qué hacer, observan el frontis de la iglesia, observan cómo atardece en Zúñiga y esperan, desean, que algo suceda, que aparezca alguien y les diga qué deben hacer.
Lamentablemente pasan los minutos y nadie se detiene y nada sucede en un pueblo que no debe de tener más de doscientos habitantes, de los cuales más de la mitad son ancianos que vienen a morir en silencio, en paz.
De pronto el viento mueve algunas hojas, mueve las cintas que rodean a una iglesia que sobrevivió al terremoto más por milagro y tristeza que por motivos arquitectónicos. Sólo queda el frontis, sólo quedan los restos de los santos esparcidos en el suelo, sólo queda en pie la virgen, que con Jesús en sus brazos, lo observa en el suelo, con más años, sin cabeza, sin corona de espina y con un brazo menos. La cara partida en dos y los restos que ningún habitante de Zúñiga ha decidido recoger, porque tienen miedo de que algo les ocurra: algo como que la iglesia se venga abajo, algo como que no sean lo suficientemente dignos para recoger el cuerpo de Cristo, mientras la virgen los observa intacta desde las alturas.
Pero Diego y Eduardo no saben esto, porque permanecen sentados en la camioneta, intentando sintonizar alguna radio, esperando que algún habitante del pueblo aparezca y ellos le pregunten por un lugar donde puedan pasar la noche.
Ese habitante se demora mucho tiempo en pasar, pero lo hace en una bicicleta, velozmente, por lo que Diego debe encender el motor de la camioneta y seguirlo una cuadra hasta que el ciclista se sube a la vereda y se detiene.
Antes de que hablen con él, Diego y Eduardo han conversado, brevemente, sobre los posibles motivos que tuvo su padre a la hora de pedirles que viajaran a este pueblo. Las teorías que han barajado son tan disímiles como absurdas. Desde el arrepentimiento por nunca haber expresado su deseo de que se trataran como verdaderos hermanos, hasta la idea egocéntrica de pensar que ambos se emocionarían por el gesto de que su último deseo fuera que visitaran un pueblo que lleva el apellido de él.
El problema es que aún siguen tratándose como dos desconocidos y eso, probablemente, no va a cambiar ahora ni cambiará con los días, porque, en efecto, Diego y Eduardo son eso: dos desconocidos que los une, solamente, la idea, y el hecho, de tener un mismo padre.
Tampoco están emocionados por conocer un pueblo que lleva de nombre el mismo apellido de ambos. Al contrario, lo único que han hecho a lo largo del viaje es permanecer en silencio y cruzar un par de palabras inofensivas. Palabras acerca del desierto que han tenido que atravesar, palabras sobre la noche, las estrellas, el frío y el calor.
Pero nada más.
Ahora el hombre les indica que deben volver a Rancagua, que acá no hay ningún lugar donde puedan quedarse, que alguna vez hubo una residencial que luego se transformó en una casa de putas, pero que ya no queda nada, que antes del terremoto no había nada y que ahora, como pueden suponer, menos podría haberlo.

Los hermanos Zúñiga, como alguna vez los llamó su papá, se miran un rato, luego le dan las gracias al hombre de la bicicleta, suben los vidrios de la camioneta y deciden volver al lugar de inicio: la iglesia devastada, las calles vacías, la tarde que comienza a ser noche, las luces de los postes que iluminan con dificultad. El viento. Las hojas. Algunas luces que aparecen tras las casas que sobrevivieron, a duras penas, al terremoto.
Eduardo enciende la radio y pone un disco de Pat Metheny. Diego no soporta a Pat Metheny, pero Eduardo no sabe eso, y aunque lo supiera le daría lo mismo, probablemente, porque siempre fue él quien puso los discos en la camioneta, y esa costumbre no se le va a quitar ahora, que Diego es el que está sentado en el asiento del conductor. Las cosas, por más que vayan a cambiar, aún no lo hacen y Eduardo lo sabe y sube el volumen, tal como le gustaba a su padre.
—Éste era su disco preferido –dice él y Diego se ríe.
—¿También te gusta esta huevada?
—¿A ti no?
—Una mierda –responde Diego y enciende el motor de la camioneta. Ha decidido volver a Rancagua, bajarse en el supermercado, comprar cosas para comer, luego echar bencina, comprar café o té y volver a Zúñiga.
Dormirán en la camioneta y esperarán a que pase algo. Que quizá se aparezca el fantasma de su padre y les diga por qué mierda les pidió que vinieran a este pueblo muerto, lleno de polvo, lleno de escombros.
Pero por ahora eso no ocurre y quién sabe si en algún momento ocurrirá. Lo único seguro es que Diego debe volver a México en un par de horas y que Eduardo quiere irse con él, pero aún no se atreve a decírselo.

Sunday, January 31, 2010

La batalla salingeriana



Me acabo de enterar de la muerte de Tomás Eloy Martínez. Pienso que varios de mis profesores de universidad deben estar llorándolo. Pienso que varios de ellos, quizás los mismos, no les importó la muerte de Salinger. Es probable que no lo hayan leído y que no lo vayan a leer, y que cuando al día siguiente de que se supo la noticia vieron que La Tercera le daba 4 páginas a la muerte del autor de El guardían entre el centeno, se sorprendieron y se preguntaron por qué le dieron tantas páginas a un escritor que (se enteraron cuando leyeron alguna de las bajadas) había decidido encerrarse en su casa hace muchos muchos años atrás.

Por supuesto que el hecho habla por sí solo, y que pienso que en vez de dar a leer cualquier libro de Eloy Martínez, en las escuelas de periodismo deberían dar a leer Nueve cuentos. Por un tema de estructuras, por un tema de emotividad, por un tema de ver cómo se arma y desarma un personaje. Por un tema de lenguaje y cercanía. Por un tema de emotividad.

Eso: prefiero un periodista que lee a Salinger a uno que lee a Eloy Martínez

Tema aparte la influencia de Salinger en lo que se hizo durante la segunda mitad del siglo XX. Películas, música, libros, novelas gráficas. Tema aparte, aunque a veces molestoso, porque es cierto, por ejemplo, que Wes Anderson ha hecho películas extremadamente salingerianas, pero también es cierto que todo el gesto pop no tiene que ver, exclusivamente, con él. Creo. Ahora sólo queda esperar lo inédito, lo que aún no se ha traducido. Lo demás, las historias, lo que hizo y no hizo encerrado en su casa, da lo mismo. O nos debería dar lo mismo.


Acá, lo que escribí a horas de enterarme de la muerte.


Una batalla salingeriana

Pertenezco a la generación de quienes descubrimos a Salinger cuando íbamos en el colegio. Nos tocó leerlo de forma obligatoria, memorizarnos los nombres de Holden Caulfield y compañía para responder una estúpida prueba que ya todos olvidamos. Pero a Salinger no lo olvidamos. Al contrario, terminó siendo una invitación a leer, a entender que en los libros había un mundo con el que uno podía identificarse.

Por supuesto que no fuimos los primeros. Antes, por estos lados, Alberto Fuguet (“Mala Onda”) y Rodrigo Fresán (“Historia argentina”) ya habían entendido aquello y se habían transformado en salingerianos absolutos, haciéndole guiños a “El guardián entre el centeno” y “Nueve cuentos” en sus primeros libros. Ellos, y nosotros, creceríamos con Salinger como un héroe adolescente y Holden Caulfield como un Peter Pan oscuro del siglo XX.

Y es cierto que a ratos la leyenda se comía a Salinger, pero sus historias sustentaban el entusiasmo. Por eso no es errado pensar que influyó a toda una generación de narradores norteamericanos (Lethem, Chabon, Foster Wallace), teniendo como gran heredero a Ann Beattie y su “Postales de invierno”, libro que marcó los años setenta en Estados Unidos, convirtiéndose, para muchos, en “El guardián entre el centeno” de aquellos tiempos. Una historia en la que los jóvenes protagonistas recorrían una ciudad invernal mientras sufrían por amor y esperaban que apareciera un nuevo disco de Bob Dylan.

De alguna forma, esos adolescentes salingerianos nunca han dejado de existir, nunca han aceptado convertirse en adultos y formar una familia disfuncional como los Glass. Y todo, a pesar de que un día Salinger, el eterno guardían entre el centeno, decidió encerrarse en su casa de New Hampshire y guardar silencio. Un silencio que pareció ser la única forma de seguir luchando contra una vida llena de adultos infelices, aburridos, insoportables.

Wednesday, December 02, 2009

Camanchaca

Y se fue noviembre. Días de locura. Mes de locura. Me gusta recordar el lanzamiento de Camanchaca, ese 10 de noviembre, en la Feria del Libro. Me gusta pensar en toda esa gente que fue, en esos libros que se agotaron. Finalmente este blog parece un diario mural. Lo tengo abandonado. Tengo abandonado 60watts. Pero, creo, ya debería volver todo a la normalidad.
Aparecieron las primeras noticias de Camanchaca. Acá, una reseña en Kilometrocero. Y luego una entrevista en Revista de Libros y una crítica de Juan Manuel Vial.
Pasan cosas. Todo esto durante noviembre. Todo esto mientras recorro las calles de Buenos Aires e intento entender algunas cosas. Algún día, espero, supongo, podré escribir sobre este viaje. Compré algunos libros. En una librería me regalaron una pequeña maleta para guardarlos. Compré autores argentinos actuales. Mucha apuesta. Todo acorde al viaje. Traje novelas de Terranova, unos cuentos de Coelho, novelas de Chejfec, de Kohan. Una novelita de Levrero y un libro con tres cuentos largos. Traje otras cosas que en algún momento mencionaré o reseñaré.
Traje las crónicas notables, realmente notables de Leila Guerriero.
Y se acabó el viaje, se acabó noviembre, se acabó todo.
Finalmente quedan los libros y algunos recuerdos. No hay fotos, no hay videos, no hay registro. Sólo la memoria compartida, o la memoria personal.
Espero volver a usar este blog. Siempre digo lo mismo, pero en serio quiero hacerlo. Quiero volver a escribir. Hace meses que no lo hago. Me hace falta. Lo necesito.
Postales de invierno, de Ann Beattie. Fue el último libro que me marcó, que me dejó esa sensación extraña de vivir una historia personal; en vez de leer algo, lo que estás haciendo es vivirlo. Probablemente todos los que escribimos deberíamos aspirar a eso.
Qué bueno es "Quemar un pueblo", de Patricio Jara. La aparición de un oso en mitad de la playa. Eso, eso es, creo yo. Un oso en mitad de la playa y todos desconcertados.
Empiezan los recuentos. Los recuentos de los mejores libros del año, de los mejores goles, de qué se yo. Los recuentos de nuestro año. Volvemos a la memoria.
Alguna vez lo dije: "Missing" sería el gran libro de Fuguet. Era lógico. Es lógico. Todo el recorrido antes del libro, la no ficción, Caicedo, Homés, la no ficción, la memoria y la honestidad.
Comienza diciembre. Entrevisté a Fresán por "Historia argentina". Ya subiré el texto.
Diciembre.
Se acabó noviembre.
Manuel Illanes lanzó "Tarot de la carretera", libro preciso para estos tiempos de viajes, de tristeza, de no saber muy bien qué mierda hay que hacer.
"El fondo del cielo" y Fresán nuevamente.
Una historia de amor.
Camanchaca.
Y la protagonista de la novela que aún no comienzo a escribir. Que a lo mejor nunca comenzaré a escribir.